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Nb Psicología

La multitarea o la capacidad para hacer varias cosas a la vez se ha convertido en un elemento cada vez más presente
en nuestras vidas. Una tecnología que lo permite y un ritmo de vida que lo fomenta han servido de perfecto sustrato
para su consolidación. Sin embargo, el hecho de poder hacer más tareas en menos tiempo o precisamente en el
mismo tiempo, no necesariamente es sinónimo de bienestar o progreso. Inconvenientes como la falta de
concentración, el estrés y la desconexión personal parecen derivarse de esta práctica cada vez más extendida, por lo
que una alternativa se convierte en necesaria.
Los avances digitales y tecnológicos han propiciado que seamos capaces de hacer más cosas a la vez en distintos
ámbitos de nuestras vidas. Lejos quedan ya los momentos en los que uno se conformaba con escuchar la radio
mientras cocinaba o con tener la televisión puesta de fondo mientras comía. La incidencia de la tecnología ha hecho
que cada vez tomemos un rol más activo en todo ello, y puede ejemplificarse en distintos ámbitos de nuestras vidas
con mayor o menor utilidad:

  • En las tareas domésticas parece ser el ámbito en el que más sentido tiene. Al tratarse de tareas monótonas y
    automatizadas, el hecho de estar escuchando música, hablando por teléfono o incluso viendo un vídeo en
    YouTube de reojo mientras uno se cocina el tupper del día siguiente, hace la limpieza semanal o tiende la
    ropa parece ser bastante lógico. Bien, punto para el multitasking.
  • En nuestro ocio también notamos su influencia y en este ámbito no está tan claro su valor. Podemos incluir
    aquí las actividades deportivas como por ejemplo correr. Ya sea en el gimnasio o al aire libre, cada vez es
    más común ver a gente con el móvil en la mano y unos auriculares. No parece muy cómodo, pero sí es
    comprensible que escuchar música puede hacer más entretenida una tarea repetitiva, incluso motivar a
    correr más y más rápido. Sin embargo, la cosa cambia cuando nos ponemos a mirar el móvil, contestar un
    mensaje para quedar con amigos después del ejercicio o consultar nuestras redes sociales. En ese caso nos
    distrae de nuestra actividad, nos corta el ritmo y hasta nos quita las ganas de continuar. Curiosamente, lo
    contrario al efecto que sí puede tener la música en nuestro rendimiento. En este caso, lo dejaremos en
    empate.
  • En el entorno laboral encontramos al gran caballo de batalla del multitasking. Es una capacidad que de
    manera explícita no se encuentra en muchas de las ofertas de empleo pero que implícitamente se valora, se
    fomenta y se busca en muchas de ellas. ¿Qué jefe no querría en su equipo a una persona que puede hacer
    más tareas y más variadas en el mismo tiempo? Escribir un e-mail al mismo tiempo que se habla por
    teléfono es tan común y está tan normalizado que es difícil pararse a pensar en la interferencia que esto
    genera en nuestro cerebro, la dificultad de hacer ambas acciones correctamente y la presión y estrés que se
    deriva de ese tener que hacerlo. Valoraría dar un empate teniendo en cuenta que la empresa te lo exige con
    el objetivo de producir más, pero la cantidad de errores que pueden derivarse de ello sumado a los
    estresores para la persona que lo lleva a cabo hace que sea un claro punto en contra.

  • Para finalizar la contienda, en el ámbito de las relaciones sociales se ha proliferado el multitasking hasta
    puntos bastante rebuscados. Hemos desarrollado la capacidad de atender a cómo le ha ido la semana a
    nuestra amiga al mismo tiempo que, desinteresadamente, descendemos el dedo por Instagram, y
    conseguimos que no sea irrespetuoso ya que atendemos y hasta asentimos como buenos receptores. Hemos
    llegado al punto de comprarnos relojes que nos notifican cuando nos llega un mensaje para así poder valorar
    discretamente si es lo suficientemente importante como para sacar el móvil o si podemos continuar con la
    conversación. Puede parecer práctico y lo es, pero en términos relacionales fomenta el distanciamiento
    entre las personas. Punto definitivo en contra para la derrota del multitasking.

Es necesario desenmascarar ya al rival con el que se ha enfrentado y que se ofrece como alternativa. Os presento la
monotarea, que no es otra cosa que el realizar las tareas de una en una, de manera secuencial. Con ello se pretende
fomentar una mayor atención sobre lo que hacemos en cada momento, disminuir el estrés y la presión asociados al
hacer mucho en poco tiempo y aumentar nuestra conexión con el presente y con nuestras relaciones. Seguimos con
los ejemplos, pues en los últimos años se ha colado otra moda retro, la vuelta de los “phones”, sin el “smart”
delante. Esta vuelta de teléfonos con tapa, sin internet, responde a una necesidad creciente de estar desconectados
que contrasta con la tendencia común. Estamos tan saturados de estar hiperconectados y es tan difícil desconectar
de este ritmo feroz que nos impone la sociedad digital que algunos atrevidos han optado por tomar medidas drásticas.
No se me ocurre nada más monotarea que usar un teléfono sólo para llamar.

No es mi objetivo demonizar a la tecnología, ni mucho menos. En esta era digital, la tecnología es causa primaria y
facilitadora de muchísimas de las comodidades de las que disfrutamos, sin embargo, cuando se nos va de las manos,
también está ahí para fomentar esa paradoja de la desconexión personal en el mundo de la hiperconexión social. Sí
es mi objetivo ofrecer una alternativa y para ello mostraré las explicaciones por las que la monotarea puede
ayudarnos a desconectarnos lo suficiente de lo digital para re-conectarnos con nosotros mismos y las personas que
nos rodean:

  • Desde las teorías atencionales clásicas se postulan los modelos de recursos limitados de la atención y entre
    ellos destaco el modelo de los recursos centrales (Kanheman, 1973). Según éste, a la hora de realizar varias
    tareas a la vez, ambas compiten por nuestros recursos centrales generando distintas interferencias en
    función del tipo de tarea. Es decir, que difícilmente haremos una de las cosas bien, mucho menos las dos.
    Desde la monotarea se solventa este problema: menor número de interferencias y mayor rendimiento,
    aunque eso sí, mayor tiempo invertido.

  • Relacionado con la atención está la ley de activación Yerkes-Dodson (1908), todavía más clásica. Según esta
    ley se postula que con niveles de activación bajos los recursos atencionales aumentan a medida que
    aumenta la activación hasta un punto en el que se invierte a partir del cual más activación significa menos
    recursos atencionales.
    Entonces, sumando estas dos teorías, hacer varias cosas a la vez genera interferencias y de una manera similar el
    tener que hacer varias cosas a la vez genera activación, siendo esta activación una causa de disminución de
    rendimiento cuando se pasa de rosca. Ambos efectos fomentan un resultado negativo, pues no sólo baja el
    rendimiento al afrontar varias tareas al mismo tiempo, sino que aumenta el estrés, que todavía provoca menos
    rendimiento, ¡qué desastre!
    Por ello, aquí la moraleja no se refiere tanto al rendimiento como al bienestar personal. Si quieres disminuir el estrés
    asociado a las tareas, monotarea.
    Por último, pero no por ello menos importante, tenemos el ámbito relacional. Podemos verlo desde un punto de
    vista más hedónico o personal, ya que tiene que ver con el poder estar presente y disfrutar de lo que nos ocurre en
    cada momento. Al ocupar nuestro tiempo en multitud de tareas nos pasan los días, semanas y meses volando sin
    saber cómo han pasado de largo. El cómo, tras leer este artículo, puede estar bastante relacionado con haber
    intentado hacer todo y por ello no haber hecho nada de manera plena y consciente.
    “Una manera laboriosa de no ser nada es serlo todo; de no querer nada, quererlo todo.” Henri-Frédéric Amiel

Manuel Valdés Vasallo
Psicólogo Sanitario M-33113
Especialista en Psicoterapia Integradora
Terapeuta familiar e individual

 

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Desde el “No es oro todo lo que reluce”, “De tal palo, tal astilla”, “El que calla otorga”, “El hábito no hace al monje”, “Del dicho al hecho, hay mucho trecho”. “El que no la debe, no la teme”, hasta el popular “Dime con quién andas y te diré quién eres”, entre otras muchas sabidurías populares, nos sirven no en pocas situaciones de la vida cotidiana, para interpretar la realidad y tomar decisiones de un modo determinado y rápido.

Quizás esto pueda parecer irrelevante, pero cuando valoramos de forma continua en base a este tipo de creencias y razonamientos sesgados, decidimos con una alta probabilidad de equivocarnos, y las consecuencias de tales decisiones pueden tener graves efectos sobre nuestra vida y la de los demás. ¿Qué sucederá si fuera un tribunal de justicia quien interpretara de forma sesgada que verdaderamente “Quien hace un cesto hace cientos” o que “Quien se excusa se acusa”?, o si nos viésemos involucrados en un proceso de selección de personal como candidatos, y el seleccionador se dejase arrastrar sólo por la primera impresión. Esto ya sí nos puede parecer un problema más preocupante ya que el resultado final podría verse afectado.

“Piensa mal y acertarás”

Constantemente nos vemos inmersos en un mundo que nos obliga a convivir y a relacionarnos con un infinito número de individuos de los cuales desconocemos absolutamente todo. No sabemos cuáles puedan ser sus intenciones hacia nosotros, y esto, de modo consciente o inconsciente puede hacernos sentir cierta inquietud, ya que un error de valoración podría incluso poner en peligro nuestra propia vida.

Para poder terminar con tanta incertidumbre y así tranquilizar nuestros instintos más básicos de conservación, nos volvemos expertos observadores y enjuiciadores del comportamiento ajeno, con el objetivo de poder encasillar lo que percibimos dentro de un determinado estereotipo social. Esto nos tranquiliza y hace sentir bien, pues genera en nosotros un plan de acción, que pudiera ser de acercamiento o huida.

Poder categorizar a otros individuos dentro de estereotipos no es otra cosa que un atajo de nuestra mente para poder tomar decisiones rápidas, especialmente útil cuando el tiempo apremia.

Estos esquemas mentales aúnan ciertas características prototípicas dándonos una visión correcta o no del sujeto que tenemos frente a nosotros, y es en este punto donde podemos caer en los errores de atribución y los sesgos de interpretación que nos pueden conducir a catastróficos e inesperados desenlaces cuando aceptamos tales interpretaciones no confirmadas con absoluta naturalidad, como si de verdades constatables se tratasen.

“Lo qué mal empieza, mal termina”

Si bien la sabiduría popular es un buen ejemplo de cómo unas determinadas creencias trasmitidas de generación en generación pueden servir como atajo cuando necesitamos interpretar de forma rápida y económica en recursos cognitivos una determinada situación, no es la única fuente de la que nos servimos a la hora de interpretar las intenciones de otras personas. Nuestras experiencias previas vividas en primera persona o aprendidas de forma vicaria a través de la experiencia de los demás, también nos sirven a la hora de emitir juicios o tomar decisiones.

Un ejemplo de esto sería, cuando tras un breve contacto inicial, sentimos malestar y falta de afinidad con alguien, o incluso, adivinamos mala intencionalidad hacia nosotros, guiados por ciertos rasgos del otro que nos resultan “sospechosos”.

Esta primera impresión puede hacer que nos mostremos con una actitud recelosa de la que es probable que, de forma consciente o no, el otro pudiera darse cuenta, lo que puede llevar a que la relación no comience con buen pie.

La sensación de tensión inicial, unida al propio convencimiento por experiencia de que “lo que mal empieza mal termina”, podría llevar a que no sólo no busquemos ningún tipo de solución a nuestras diferencias sino que además, podamos creer estar viendo continuamente señales de cómo el otro parece estar buscando el conflicto. Esto reafirmaría nuestra idea de que determinados rasgos del otro se encuentran claramente ligados a una actitud peligrosa de la que deberemos ponernos a salvo de ahora en adelante.

“Más vale prevenir que lamentar”

Sin embargo, aunque esta forma de procesar la información que nos llega de los demás puede resultar bastante útil en muchas ocasiones, no debemos pasar por alto que estos indicios podrían tratarse simplemente de sesgos de atribución que nos pueden inducir a emitir una respuesta interpretativa errónea en una situación puntual, es decir, que pueden llevarnos a cometer una equivocación que en el mejor de los casos nos confunda en un momento puntual de nuestra vida, haciéndonos cometer algún tipo de falta o injusticia a la hora de juzgar las intenciones del otro. O en el peor de los casos, que este fallo interpretativo suceda en diferentes situaciones de forma sistemática, tendiendo a interpretar y dar una respuesta idéntica ante situaciones o sujetos distintos.

Evidentemente, cuando esto último sucede con frecuencia podemos deducir nuestro juicio no funciona de un modo óptimo, y no resulta adaptativo puesto que distorsiona la realidad.

“Si es blanco y va en botija, leche fija”

Aunque parece un problema de sencilla solución, el hecho de dejar a un lado este tipo de inferencias donde los acontecimientos parecieran darnos la razón tantas veces como nos la quita, no lo es en absoluto, ya que en muchas ocasiones confirmamos que efectivamente el saber popular da la razón a la experiencia previa, reforzando unas creencias que nos son de gran utilidad cuando se trata de decidir de forma rápida, por lo que es absolutamente comprensible que sean tenidas en cuenta aun sabiendo que corremos un alto riesgo de equivocarnos.

Sin embargo, conviene no olvidar que para poder obtener una mayor precisión a la hora de emitir un juicio sobre otro individuo, será necesario poder manejar el mayor número de datos posibles de la otra persona. La cuestión es que precisamente la necesidad de utilizar estos atajos de la mente viene precisamente dada cuando carecemos de la información suficiente. Y es en este momento cuando buscamos en el baúl de nuestras experiencias previas las expectativas que tenemos al respecto, es decir, si encaja este sujeto con nuestro prototipo.

“Mañana será otro día”

Conocer nuestras zonas erróneas puede ayudarnos a llevar una vida más saludable desde un punto de vista psicológico, pero es necesario poder equilibrar el conocimiento de estos sesgos para por un lado reconocer cuándo nos ayudan en nuestras interpretaciones y cuándo nos condicionan, y así poder trabajar sobre éstas para lograr un estado de bienestar mental sin caer en el auto-engaño, ya que un sujeto con una realidad perceptiva mal construida cognitivamente, es decir, que interprete mal la realidad del mundo, tendrá serias dificultades para emitir juicios acertados y tomar decisiones correctas, lo que le conllevará a continuas confusiones, sufrimiento psicológico y desorientación en la comprensión del mundo que percibe como real, hasta el punto de poder sentirse constantemente solo e incomprendido por los demás.

Susana Rojas

Lectura recomendada:

“Daniel Kahneman, (2015). “Pensar rápido, pensar despacio” Editorial

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Esta titulación está acreditada por NB Psicología Integral y el Instituto Español de Psicoterapia Integradora (IEPI) y la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA

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