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Author: Enrique Reyes

Nb Psicología

Eva Muñoz del Mazo

Col. M-27510

Psicóloga Grupo NB Psicología

  • Mi hija adolescente no me habla, es como una desconocida…
  • Eso debe ser duro… ¿Y tú que haces?
  • No le pregunto.

Esta frase es común entre padres y madres desesperados que no saben qué hacer con sus hijos/as adolescentes. En un intento por no agobiar a sus hijos, o por no saber cómo abordarles, terminan por acrecentar el círculo vicioso de la distancia en la relación. Y es que, paradójicamente, a menudo hacemos lo contrario de lo que necesitamos. Otras veces invaden a sus hijos con preguntas, pero no saben cómo hacer para que su hijo/a se abra con confianza, en un diálogo. Otros padres, cuando indagamos en cómo tratan de acercarse a sus hij@s adolescentes, resulta que terminan por convertir la conversación, sin querer, en un juicio, en lugar de empatizar con sus emociones:

“No nos hablas, no sales de tu habitación…  ¡eres un desagradecido!”

Si los padres en esos casos, en lugar de terminar juzgando o dando un sermón, expresaran sinceramente (y sin dobles mensajes) que les gustaría saber más de cómo están sus hijos, es más probable que haya un acercamiento. Es comprensible la rabia, incomprensión y desesperación de los padres, pero al volcarla sobre su hijo/a pierden la oportunidad de acercarse a ellos/as, que es lo que realmente buscan. Por otro lado, el/la adolescente también es presa de una montaña rusa emocional a menudo, y también pueden acabar incrementando el nivel de conflicto con malas formas, gestos de indiferencia, o insultos, por lo que el bucle está servido. Al final no importa quién empieza el bucle, sino que se pare. 

La crianza de un adolescente no es fácil: por un lado, ya no son niños/as, y por otro, aunque tienen una madurez creciente a todos los niveles, no son adultos plenamente desarrollados. Además, su cerebro y sexualidad en desarrollo sufre explosiones hormonales que hacen que vivan intensamente las emociones y el mundo social. Tienen la sensación de que los problemas y sus emociones en ese momento no fueran a acabar nunca. Esto contribuye enormemente a cambios de humor y expresiones emocionales que pueden parecer “exageradas” a ojos de los adultos que les cuesta empatizar con el mundo interno del adolescente.

En la etapa de la adolescencia es vital que los adultos favorezcan la autonomía, la exploración, la socialización, es decir: soltar un poco las riendas. El y la adolescente necesita explorar el mundo, explorarse a sí mismo/a, aprender de sus propios errores.  Pero al mismo tiempo, necesitan límites que les enseñen hasta dónde, hasta cuándo, que les den estructura, porque la estructura también da seguridad y es una forma de educar con amor. Estos límites no implican un autoritarismo adulto falto de afecto, sino que pueden ser ejercidos con firmeza y autoridad, pero a la vez con empatía y afecto.

Los adolescentes, por tanto, siguen necesitando atención, empatía y protección (ojo, no sobreprotección) adaptadas a su madurez.  Necesitan de adultos que estén ahí, pero con dosis adecuadas de autonomía y límites. Ahora bien, cuando la balanza entre afectividad y límites está polarizada hacia uno de los extremos, estaremos pasando por alto una parte importante de su educación. Si sólo protegemos, damos consejos y empatizamos, pero nunca ponemos unos límites firmes o favorecemos su autonomía, estaremos sobreprotegiendo, impidiendo que ganen seguridad en sí mismos y que construyan una sana autoestima. Si, por el contrario, sólo nos centramos en lo que hay que hacer, (por ejemplo, a través de los estudios, las tareas domésticas, cómo han de hacerse las cosas) sin favorecer momentos de escucha empática de lo que les pasa por dentro, o respetando su propia forma de hacer las cosas, no estaremos atendiendo a la persona sintiente (y en el caso de los adolescentes, recordemos, su emocionalidad está a flor de piel). Estaremos perdiendo la conexión emocional que tanto necesitan. Este equilibrio no es fácil, pero es necesario. Y no será igual cuando tengan 13 años que cuando tengan 17. Pero seguirán siendo necesarias ambas partes adaptadas a su nivel de madurez.

Cuando se hace muy costoso establecer esa conexión y ese balance, puede ser que la relación esté dañada. Esto puede deberse a factores como un estilo educativo que recibieron los padres y que no les está funcionando con sus hijos, una  relación dañada desde la infancia pero que se manifiesta con más virulencia cuando el menor llega a la adolescencia, o por problemas en la familia o en la vida del adolescente que le hacen más vulnerable o más evitativo, o una amalgama de varios factores.  En estos casos, la terapia familiar resulta de vital importancia para ayudar a identificar patrones de comunicación dañinos o disfuncionales que dañan cada vez más la relación, así como emociones que se están expresando indebidamente o que se están suprimiendo, etc. La adolescencia, al fin y al cabo, es un período duro para toda la familia y que necesita ser comprendido y atendido, viendo a cada miembro de la familia con sus propias dificultades.

Amaya Navarro Martín

Prácticum Máster en Psicología General Sanitaria

A día de hoy el suicidio sigue siendo un tema tabú, aun siendo tan frecuente como es. Es un tema totalmente silenciado que supone un problema real en el mundo en el que vivimos y sobre el que se han establecido una serie de mitos que es necesario conocer y desmentir, sobre todo para ayudarnos a dar la imagen más acertada posible de una conducta suicida. Algunas de estas ideas erróneas o mitos sobre el suicidio son los siguientes:

1. El que se quiere suicidar no lo dice

Esta información es falsa, ya que la mayor parte de las personas que llegan a suicidarse habían manifestado previamente sus intenciones. Esta idea lleva a las personas del entorno a no prestar atención a las señales que envía la persona afectada, que no tiene por qué estar manifestándolo verbalmente.

2. El que dice que va a suicidarse no lo hace

Esta idea expresa lo contrario a la anterior, también puede llevar a desatender esas señales y restarles la importancia que realmente tienen, ya que la persona está manifestando su intención y deseo de cometer un acto suicida.

3. El que intenta suicidarse lo hace para llamar la atención

El suicidio es un tema muy serio como para trivializarlo y considerar que las autolesiones o intentos de suicidio puedan ser una llamada de atención. Es necesario llevar a cabo una buena evaluación para conocer los motivos de esas conductas, ya que un suicidio puede frustrarse por muchos motivos.

4. El que es suicida quiere suicidarse

No todas las personas que se suicidan quieren acabar con su vida, sino que se encuentran en una situación de desesperación, por no haber tenido éxito con ninguno de los mecanismos que han puesto en marcha para salir de la situación en la que se encuentran.

5. El que lo intenta una vez lo va a volver a hacer

Con esta idea se justifica la sobreprotección y el estigma hacia la persona que ha llevado a cabo un intento de suicidio. Una persona que se recupera de una crisis de este tipo no tiene por qué volverlo a intentar si adquiere las habilidades necesarias para seguir adelante.

6. El que se suicida tiene un trastorno mental

Es muy común escuchar que las personas que se suicidan lo hacen porque están locas. Lo que está claro es que toda persona que se suicida es una persona que sufre, pero no por ello tiene que padecer un trastorno mental. Al igual que padecer un trastorno mental no te pone en riesgo automáticamente de cometer un suicidio.

7. Todo el que se suicida está deprimido

En relación al mito anterior, está muy extendido que las personas deprimidas son las que se suicidan. Es evidente que hay relación, pero existen porcentajes igualmente significativos de personas con otro tipo de psicopatología (por ejemplo, abuso de sustancias, esquizofrenia, trastorno bipolar o trastornos de personalidad) que tienen altas tasas de suicidio. Al igual que existen personas sin ningún trastorno mental que lo cometen.

8. Hablar sobre el suicidio puede incitar a él

Hablar del suicidio nos ayuda a comprender la gravedad de la situación, no estamos “dando ideas”, puede ser positivo para la persona poder comentarlo, aunque sea incómodo hablarlo directamente.

9. El que intenta suicidarse es un cobarde/valiente

En cuanto a esta afirmación se tienen los dos puntos de vista. No está bien darle al suicidio connotaciones tan positivas como la valentía, ni negativas como la cobardía, ya que en cada caso es necesario conocer los motivos y la situación concreta que ha llevado a ese punto. Debemos entender y tratar de prevenir, no juzgar.

10. Los niños y adolescentes no se suicidan

Es una forma de negar la triste situación que supone el suicidio infantil, pero existe y pone de manifiesto la necesidad de programas de prevención.

En este sentido, los medios de comunicación pueden ayudar mucho a la prevención del suicidio, son muy necesarias políticas de prevención y programas específicos que den visibilidad a este tema y aporten alternativas, para reducir los altos porcentajes de suicidio que tenemos en nuestra sociedad.

Juan Romero Alonso

Psicólogo y Neuropsicólogo

Alumno Prácticas MPGS en NBG Psicología

La Neuropsicología es una rama de la Psicología que estudia las relaciones entre estructuras cerebrales y funciones mentales superiores. Dicho de otra forma, la Neuropsicología se encarga de saber qué parte del cerebro está asociada a funciones como la atención, la memoria, la planificación, la orientación… y en último término, la conducta humana. Ésta se basa en el método científico para estudiar la relación entre el cerebro y conducta humana.

Gracias a los descubrimientos de la Neuropsicología, hoy en día podemos saber qué regiones cerebrales se encuentran dañadas en diferentes patologías, como puede ser una demencia, un ictus o una alteración en el neurodesarrollo de un niño.

Basándose en este conocimiento, los profesionales de esta área pueden trabajar, por medio de ejercicios, con las funciones mentales superiores que se encuentren afectadas para su correcta rehabilitación o compensación, haciendo en última instancia que las regiones cerebrales que se encuentran dañadas vuelvan a estar en un estado, lo más parecido posible a su estado basal.

El fin último de la Neuropsicología será por tanto conocer, investigar y trabajar el funcionamiento óptimo de las capacidades mentales superiores necesarias para afrontar los retos del día a día, y su relación con las estructuras cerebrales que las hacen posibles.

¿En qué consiste una rehabilitación o un tratamiento neuropsicológico?

Hay varios tipos de intervención cuando nos centramos en un tratamiento neuropsicológico. El primer paso es hacer una evaluación. Ésta se lleva a cabo con diferentes pruebas que son capaces de medir la capacidad que tienen las funciones mentales superiores, y por consiguiente podremos saber casi a la perfección, cuáles son las regiones cerebrales que pueden estar afectadas. Después de la evaluación se pueden proponer dos tipos de tratamientos en función del problema encontrado: estimulación cognitiva o rehabilitación neuropsicológica.

La estimulación cognitiva está dirigida a personas sin patología o con una patología muy leve, como puede ser un pequeño deterioro cognitivo debido a la edad. Este tipo de intervención proporcionará un mejor rendimiento en las funciones mentales superiores de aquellas personas que quieran incrementar sus capacidades, que noten que en alguna capacidad ha disminuido su rendimiento (por ejemplo, fallos en memoria o atención), o que simplemente quieran mantenerse mentalmente en forma y activos para afrontar los retos del día a día satisfactoriamente.

Por otra parte, la rehabilitación neuropsicológica, se centrará en aquellas personas que tengan una patología más pronunciada, como puede ser una demencia de tipo Alzheimer, Parkinson, lesiones relacionadas con ictus o enfermedades desmielinizantes (como la esclerosis múltiple) entre muchas otras. En este tipo de intervención podemos encontrar tres tipos distintos de tratamiento:

1. Restauración de las funciones mentales superiores afectadas. Este tratamiento se efectúa directamente sobre las funciones alteradas, con el objetivo de que vuelvan a estar normalizadas, suponiendo a su vez, una rehabilitación completa o casi completa del área cerebral dañada. Por ejemplo, trabajar la atención de una persona que ha sufrido un ictus y tiene daños en la corteza parietal posterior, con el objetivo de que la función vuelva a tener un rendimiento lo más parecido posible al que tenía antes del infarto cerebral.

2. Compensación de la función afectada, dirigida a facilitar la rehabilitación de las funciones mentales superiores mediante el uso de estrategias alternativas, o ayudas externas que le quiten peso a las funciones mentales que se encuentran alteradas. Con este tratamiento conseguiremos reducir los requisitos cognitivos que se necesitan para llevar a cabo una actividad que implique la función alterada. Por ejemplo, si hay fallos en la memoria, se trabajará el uso de estrategias mnemotécnicas y se utilizarán notas recordatorias (estímulos externos que ayudan a la función mental).

3. Sustitución de la función. Esta intervención se centra en obtener el mayor rendimiento posible de la función alterada, interviniendo sobre las funciones mentales conservadas y optimizando las funciones alteradas por medio de estrategias sustitutorias. Por ejemplo, si hay fallos en la atención de un paciente, podremos trabajar sobre la visopercepción haciendo que revise bien el espacio y los objetos que hay a su alrededor compensando el déficit atencional.

¿Qué funciones son exactamente las que trata la neuropsicología?

  • Memoria.
  • Atención.
  • Visopercepción y capacidad visoespacial.
  • Praxias (conducta motora voluntaria e involuntaria).
  • Lenguaje (recepción del lenguaje, entendimiento y producción oral y escrita).
  • Orientación (espacial, personal y temporal).
  • Cálculo mental.
  • Flexibilidad cognitiva (capacidad para cambiar de pensamiento o conducta en función de las exigencias del medio).
  • Planificación.
  • Inhibición (capacidad conductual o mental para tomar decisiones de forma no impulsiva, sino reflexiva).
  • Velocidad de procesamiento (tiempo en el que somos capaces de trabajar con estímulos o conceptos mentales).
  • Autorregulación (capacidad de dirigir voluntariamente nuestra conducta y funcionamiento mental).
  • Otras funciones relacionadas con el funcionamiento mental adecuado para hacer las actividades de la vida diaria y esfuerzos mentales.

¿Qué patologías están relacionadas con la Neuropsicología?

En términos generales, cualquier patología que implique un rendimiento alterado de las funciones mentales superiores y, por tanto, de las estructuras cerebrales será objeto de una intervención neuropsicológica.

Algunos de estos trastornos son: TDAH, autismo, discapacidad intelectual, traumatismos craneoencefálicos, ictus o infartos cerebrales, enfermedades neurodegenerativas (Alzheimer, enfermedad de Huntington, Parkinson, esclerosis múltiple), enfermedades desmielinizantes (encefalitis, neuromielitis, mielitis transversa…), enfermedades priónicas (encefalopatía espongiforme, enfermedad de Creutzfeldt-Jakob…), etcétera. También son susceptibles de tratamiento neuropsicológico aquellas personas que sufren un trastorno mental y sus capacidades superiores se ven alteradas. Por ejemplo, una persona que sufra una depresión mayor, tendrá la capacidad atencional afectada; o una persona con un trastorno bipolar tendrá alterada la inhibición y la autorregulación en su fase de manía. El tratamiento neuropsicológico con este tipo de pacientes es un gran apoyo a la terapia clínica habitual, haciendo que los pacientes mejoren de una forma más rápida y efectiva como demuestran los estudios de los últimos años.

¿Sobrevivir o vivir?: Cómo la psicoterapia puede ayudar a un paciente con enfermedad crónica.

Marta García García
Col. M- 26434
Psicóloga Grupo NB Psicología

El concepto de sobrevivir viene definido por la RAE como: “Seguir existiendo después de la muerte de alguien, de la desaparición de algo o de un suceso”.
No podemos obviar que a lo largo de la vida de una persona aparecen diferentes barreras o dificultades. La pérdida de empleo, el fallecimiento de un familiar o una enfermedad, son situaciones ante las que podemos reaccionar desde la aceptación, el aprendizaje y el empoderamiento, o, por el contrario, podemos sentirnos desbordados, sin recursos e incluso derrotados.
Cierto es, que estas situaciones se presentan principalmente porque estamos vivos.
No obstante, ¿estamos viviendo plenamente?
“Vivir” tiene que ver con experimentar, disfrutar, saborear, comprender, aprender, quererse a uno mismo, amar, notar, entender y crecer con cada paso que vamos dando en la vida.
Así, la Organización Mundial de la Salud reconoce: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.
Precisamente este es uno de los objetivos que persigue la psicoterapia, que el paciente sienta que realmente está viviendo, que comprenda sus emociones y pensamientos, y, por lo tanto, está dirigiendo su vida por el camino que realmente desea.
Pero ¿qué ocurre cuando un individuo es diagnosticado de una enfermedad crónica?
Los pacientes que presentan una enfermedad crónica, tienen que hacer un hueco en sus vidas a una invitada inesperada que pone patas arriba su mundo y el de todos los que le rodean.
Es importante saber que tanto el paciente como la familia más directa necesita ayuda. Contar con herramientas adaptativas es fundamental para poder afrontar todos los cambios psicofísicos que se les vienen encima.
En este sentido, la psicoterapia pretende mejorar la calidad de vida del paciente crónico y de su entorno, que de forma más o menos inesperada, se encuentra ante un cambio de gran transcendencia para su proyecto vital.
Cuando un individuo recibe una noticia de este tipo, pasa por una serie de fases de carácter afectivo-emocional que en función de cómo se gestionen favorecerá o no el proceso de adaptación a la enfermedad y, por lo tanto, en última instancia, mejorará o empeorará a su calidad de vida.
Ante el diagnóstico de una enfermedad crónica es normal sentir pánico, confusión, negación, dificultades para tomar decisiones e incluso intensos sentimientos de decepción ante los profesionales sanitarios.
Durante el tratamiento, el sentimiento más común es la ansiedad.
Tras la finalización de este, pueden aparecer fuertes sentimientos de tristeza, ansiedad y enfado, pues es en este momento cuando se es totalmente consciente de los cambios y las pérdidas.  
Que el paciente tome un papel activo en su enfermedad es fundamental de cara a seguir un tratamiento eficaz, cumplir con las prescripciones médicas y prevenir complicaciones futuras.
Por todo ello, acudir al psicólogo puede ayudar a manejar la ansiedad, la tensión y los nervios. También, a manejar las preocupaciones y los pensamientos negativos. Además, facilitar la resolución de problemas y la toma de decisiones. Así como a experimentar, saborear y disfrutar conscientemente de las situaciones placenteras del día a día.
En definitiva, a no conformarnos con sobrevivir, sino a vivir plenamente.

Olga García
Alumna Prácticas MPGS en NB Psicología

Hola, ¿qué tal?
Pues mira, la verdad es que me impresiona (sorpresa) que me preguntes porque últimamente me parece que soy insignificante (miedo) para mi jefa porque se pone muy furiosa conmigo (ira). Es muy repugnante cuando me grita (asco). Se me hace grande que toda la responsabilidad recaiga sólo sobre mí (tristeza). Aun así, me encanta (felicidad) mi trabajo.

¿No resulta raro obtener una respuesta así con una simple pregunta? Muchas personas preferimos contestar a esa pregunta con un “bien” y evitar entrar a identificar cómo estamos realmente. En parte por cultura o porque quizá no sea el momento oportuno.

Si una cosa he aprendido es que, si no se quiere, no se encuentra nunca el momento oportuno por cualquier excusa: “no sé”, “no me apetece”, “ahora no”, “no tengo tiempo” y que cuando contestamos con un bien o un mal, nos perdemos muchos de los matices que nos ofrece la gama de emociones y sentimientos.

En primer lugar, tendríamos que tomarnos un tiempo para dejarnos sentir y entender lo que nos pasa. Esto puede ser difícil si no le hemos dedicado tiempo antes. Por ello, uno de los primeros objetivos será ampliar nuestro repertorio emocional más allá de un bien y un mal. Para ello, podemos ponerle un color, una forma, una densidad, un peso, un tamaño, en qué parte del cuerpo lo sentimos… Una vez, identificada la emoción o mezcla de ellas, necesitamos escuchar lo que nos dicen. Y sí, las emociones nos hablan si las queremos escuchar. Pues nos informan de las necesidades que tenemos y nos mueven para conseguir cubrirlas. Muy probablemente no desaparezcan hasta que cubramos esas necesidades. Y es complicado si nos movemos e intentamos que una emoción desaparezca sin saber cuál es. Por ello, si queremos que una emoción, ya sea agradable o desagradable, desaparezca y de paso a la siguiente, tenemos que escucharla.

En la escena representada aparecen seis de las emociones básicas. A continuación, intentaré explicar y ejemplificar un poco mejor cada una de ellas y lo que nos intentan comunicar.

La tristeza nos dice que hemos perdido algo y necesitamos nuestro tiempo para recomponernos. Por ejemplo: un oso que acaba de salir de una pelea y la pantera le ha dado un zarpazo, tiene que recuperarse. Para ello, se va a una cueva apartada para llorar su dolor, lamerse las heridas y recuperar la energía necesaria para poder volver a luchar.

El miedo nos da la señal de alarma de peligro para que reaccionemos. Ante el miedo podemos actuar de varias maneras: paralizándonos en el sitio evitando el peligro y dejando que pase de largo; huyendo y salir corriendo; o si está ya muy cerca, defendiéndonos. Si pensamos bien, la mentira puede ser un ejemplo de cómo se expresa el miedo para defendernos, huir o quedándonos en nuestra zona de confort.

El enfado nos informa de que se han traspasado nuestros límites o los del resto. Los límites nos definen y definen lo que es nuestro. El enfado no es más que un aviso para defender con mayor fuerza y reafirmarnos o para replantearnos si verdaderamente lo que nos duele es nuestro o es de otra persona.

El asco nos protege de algo dañino o tóxico alejándonos de ello. Muchas veces sentimos disconformidad, repugnancia o aversión ante situaciones, personas o valores que consideramos que no nos van a beneficiar sino a dañar.  

La sorpresa avisa de que algo es nuevo, inesperado y desconocido por lo que por regla general nos confunde o nos motiva a conocer el mundo un poco mejor.

La felicidad nos invita a celebrar con la gente que nos quiere y queremos para unirnos aún más. Porque como bien es sabido: “la unión hace la fuerza”.

No es necesario llegar a responder como la protagonista de la escena representada. Pero con esta entrada, simplemente me gustaría ofrecer mi experiencia porque creo que es una de las maneras en la que podría ayudar a alguien que se identifique con esa frustración, confusión o abatimiento por no saber qué se hace con lo que sentimos.

Vera Celada
Psicóloga en NB Psicología

Exigencia significa la acción y efecto de imponer o imponerse.  A nivel psicológico, podemos detectar que nos exigimos inadecuadamente cuando aparecen pensamientos como “tengo que…”, “debería…”, “no me puedo permitir…”. La base de esta exigencia es negativa: Sentimos que no estamos haciendo lo que tenemos que hacer y no cumplimos con lo que queremos y nos hemos propuesto.
Vivimos en un mundo en el que no paramos. Queremos mejorar y crecer a todos los niveles. Profesional y personalmente. Queremos llegar a todo y no fallar. En el mundo en el que vivimos, cada vez está mejor visto darlo todo por un objetivo. Ser el mejor. Admiramos a aquellas personas que persiguen sus sueños y lo consiguen, admiramos el sacrificio y la superación.
Queremos sentirnos bien, y pensamos, que cuando consigamos ese objetivo, seremos felices o nos sentiremos mejor con nosotros mismos. Pero, muchas veces, no nos damos cuenta del nivel elevado en el que nos movemos. El problema viene cuando tanta exigencia y tensión se acumula, no se gestiona adecuadamente y la ansiedad entra en escena. En ocasiones, lo que más nos afecta es la parte física: problemas digestivos, problemas en la piel, taquicardias repentinas…
A veces, vemos normal estar rindiendo a un nivel elevado. Muchas veces, hasta se ve mal no rendir a este ritmo y no entendemos por qué no podemos llegar a lo que hacíamos antes. Pensamos que “ahora es lo que toca” o “es el último empujón”.
Esto no quiere decir que a veces tengamos que rendir más y no lo hagamos, sino que hay que saber qué tipo de presión y hasta donde podemos llegar.
Muchas veces no nos damos cuenta de que nos hemos presionado demasiado. Yo me pregunto ¿Si nos rompiéramos una pierna, al día siguiente querríamos caminar? ¿Y por qué si nos rompemos a nivel emocional no lo vemos así? Muchas veces, lo asociamos más con “No he podido llegar a lo que quería” que con “Me he pasado al presionarme tanto”.
Me encuentro con muchas personas que sienten que es bueno ser exigente. Sí, es bueno querer dar lo mejor de uno mismo, pero igual que nos exigimos, debemos sentirnos bien y reforzarnos, tanto si hemos conseguido lo que queríamos como si no. Porque si solo funcionamos a base de exigencia siempre sentiremos que podríamos haberlo hecho mejor. Podemos empañar algo positivo y quedarnos con una sensación agridulce.
Querer mejorar, avanzar, es positivo. Pero debemos ser conscientes de que sea bueno para nosotros en todos los sentidos.  Si no decidimos con la cabeza y con el corazón (sí, con los dos), si tiramos solo de cabeza y exigencia sin saber parar, llegará un momento en el que el cuerpo pare por nosotros.
Muchas veces pregunto, ¿Qué pasaría si no te exigieras? Y muchas veces responden: “Todo sería un desastre, no haría nada”. ¿Realmente no hacemos nada si no nos lo exigimos? ¿Qué pasaría si pensamos que queremos hacer eso porque es bueno para nosotros y nos sienta bien? Por ejemplo, muchas veces hacemos ejercicio no por obligación, sino porque nos sentimos bien realizándolo. Pero si nos imponemos ir, lo haremos unos cuantos días y al siguiente dejaremos de hacerlo, porque no sentiremos que nos ayuda.
Tan importante es funcionar con exigencia como cuidarnos. Es imprescindible saber qué cosas son buenas para nosotros y llevarlas al día a día. Muchas cosas que nos planteamos como “obligaciones” son cosas que queremos hacer.
Y pensaréis ¿Pero si es bueno por qué no lo hago? Quizá debemos pararnos a pensar. Si no queremos hacer algo que es bueno para nosotros, ¿qué hay detrás de todo esto? Será bueno profundizar en lo que puede estar ocurriendo y tomar una decisión sobre si debemos seguir forzándonos o no, porque quizá no sea tan bueno para nosotros…
Y para terminar, os dejo con esta frase de Plutarco:
“El trabajo moderado fortifica el espíritu; y lo debilita cuando es excesivo: así como el agua moderada nutre las plantas y demasiada las ahoga”


José Arcadio Buendía, el mítico personaje de García Márquez, nunca pudo entender el sentido de una contienda entre dos adversarios que estaban de acuerdo en los principios.
Quizá nos pueda parecer una obviedad el que las personas involucradas en algo conozcan las reglas de ese algo … Pero en la realidad, no siempre es así: a veces, nos embarcamos en dinámicas con los otros sin estar de acuerdo en sus principios…. al desconocerlos.

Diferentes teóricos señalan la naturaleza no racional y consistente en los patrones de las dinámicas mediante las cuales las personas se relacionan y lo infrecuente de que estas formas de relación sean precisamente lo que parecen, señalándose que tres de cada cinco interacciones sociales que se producen no son auténticas e íntimas, sino juegos. Las relaciones humanas tienen lugar a través de estos juegos: transacciones sencillas que se repiten a lo largo de la relación. Los juegos se podrían definir como intercambios complementarios al mensaje que se transmite, y que progresan hacia un resultado más o menos definido de la comunicación, siendo las motivaciones de los participantes, ocultas. Estos juegos, serían una vía indirecta para obtener de los otros beneficios afectivos o para expresar emociones socialmente castigadas de forma que parezcan legítimas, al no poderse expresar en ese momento de otra forma más adecuada.

En estos juegos, el drama comienza cuando se han establecido los roles, según el Triángulo Dramático de Karpman, así como las dinámicas de intercambio de estos roles. Estos roles son el Perseguidor, Salvador y Víctima:

– El rol de Perseguidor permite sentirse omnipotente, poderoso, especial, legitimado para dominar al resto. Desde él, se justifican las emociones negativas sentidas y lanzadas contra otros y permite imponer limitaciones a los demás a través de autoritarismo y opresión del otro, haciéndolo sentir inferior. Descubrir el error en el otro por parte del perseguidor, sitúa al otro jugador en un estado de inferioridad sobre él, y así el perseguidor se permite reaccionar con ira y volverse más exigente y crítico en las demandas hacia la otra persona.

– El rol de Salvador produce la percepción de ser importante, competente, fuerte, superior a la persona a la que se ayuda y protege por ser más débil, a la vez que superior al perseguidor del que se le protege, e incluso superior a todos los demás, que no hacen nada, que no salvan. En el rol de salvador, se ayuda, aunque esta ayuda no haya sido requerida, y supone, por tanto, dominancia sobre el otro, al igual que la ejercida por el rol de perseguidor, aunque más encubierta que esta.
– En el rol de Víctima, la persona se muestra desamparada y vulnerable. Sin embargo, suele culpar a otra persona -al perseguidor- a la par que coloca la responsabilidad de sus acciones a otra -el salvador-. El rol de víctima se ubica en la queja, colocando a la persona que juega este rol en una falta de resolución de las dificultades de su vida, volviéndola dependiente de salvadores que actúen por ellas, y de perseguidores a los que responsabilizar, logrando que otras personas tomen la resolución de su vida a la par que se eximen de cualquier culpa de sus acciones.

Todos los roles son intercambiables y una persona puede jugar uno en un momento y otro en otro. El problema de los juegos es cuando los roles son estables o anticipables por el resto de jugadores, los cambios en los roles desde los que nos relacionamos son rápidos y tenemos sensación de descontrol sobre la forma de relacionarnos con los otros, quedando un poso de malestar después de ello, y sin saber la razón por la cual nos hemos comportado de una u otra manera -al tomar uno u otro rol-.

La adquisición de las dinámicas que se producen en los juegos se produce durante nuestro crecimiento, en nuestro seno familiar, principalmente en los primeros tres años de vida, por observación y posterior participación en los juegos presentes en la familia, por ello, cuando se establecen no de forma temporal sino como forma de responder al entorno, se convierten en una fuente de malestar para la persona.

Para poder salir de los juegos es necesario tomar conciencia de nuestra forma de comunicarnos para explorar formas alternativas más directas y positivas de obtener afectos de los otros y poder desarrollar relaciones auténticas e íntimas. Solo desde esta toma de conciencia podremos conocer los juegos a los que jugamos, los roles en los que nos situamos, y las posiciones donde situamos al resto, y decidir con libertad si queremos seguir relacionándonos de tal forma, o si apostamos por una comunicación veraz y auténtica, en la que busquemos afecto y ayuda en el otro de una forma directa y sincera, recuperando el control sobre nuestras vidas y sobre nuestra comunicación.

Solo de esta manera sabremos si estamos de acuerdo con las reglas del juego que hemos impuesto, o si, por el contrario, apostamos por su cambio y, por tanto, por establecer relaciones más sanas, y de mayor calidad.

Pilar de la Higuera
Prácticum Máster en Psicología General Sanitaria

La realidad nos expone diariamente a la migración, ya que España es un país “lanzadera” y receptor de migrantes. Más allá de la visión que nos muestran los medios de comunicación (a menudo sensacionalista o limitada a estadísticas) es nuestro deber desde la psicología sensibilizarnos, comprender y saber trabajar este complejo escenario, así como la repercusión que tiene para las personas implicadas.

Los procesos migratorios exponen a quienes los viven a cambios muy drásticos, y ponen sobre la mesa nuestra capacidad de adaptación. Hablamos de cambios que implican ganancias y pérdidas, aprendizajes y duelos, oportunidades y renuncias… de ahí que una correcta elaboración del proceso migratorio implique un equilibrio entre asimilar lo nuevo y reubicar lo que se deja atrás.

El proceso migratorio puede resolverse “fácilmente” si se elige con libertad (es decir, si no se produce por huir del país de origen para sobrevivir), si se realiza en buenas condiciones para la persona, si ésta es acogida amablemente y se le facilita la adaptación y consecución de objetivos por los cuales decidió migrar. Pero no siempre ocurre así. En muchos casos las circunstancias personales y sociales convierten el duelo migratorio en un proceso traumático, doloroso y desesperanzador.

Definimos el duelo como la respuesta emotiva a la pérdida de alguien o algo. En el duelo migratorio el objeto perdido es el país de origen, pero como veremos, este duelo es múltiple. Se pierden muchas cosas a la vez, todas valiosas y significativas para la persona. Joseba Achotegui, psiquiatra especializado en migración, habla de pérdidas en 7 áreas:

  • Familia y amigos: se trata de una pérdida parcial, ya que la red familiar y social del emigrante sigue existiendo, pero éste se separa de ella. Supone sensaciones de soledad, desarraigo, tristeza… y, pese a que suele estar muy presente la idea del “reagrupamiento”, no se da tanto como se querría e incluso si se producen contactos, tras estos se puede reactivar el dolor. Es muy importante para la persona emigrante mantener el contacto con sus raíces, pero de igual manera crear una nueva red social en el país de acogida, que le permita rehacer su vida afectiva y contar con vínculos de apoyo.
  • Lengua: mediante el lenguaje nos comunicamos, expresamos aspectos íntimos, reclamamos, agradecemos… por lo que si se emigra a un país donde no se habla la lengua materna, la adaptación se complica aún más.
  • Cultura: es nuestro país o macrosistema el que, en gran medida, nos enseña valores, costumbres, formas de vida, concepciones acerca del mundo y de cómo comportarnos. Emigrar obliga a esforzarse por aprender un nuevo código, sin que esto signifique rechazar la cultura de procedencia.
  • Tierra: cada persona siente apego a su tierra y a sus paisajes. Este es el marco externo con el que nos identificamos y en el que nos movemos cómodamente. No es difícil entender el estrés que supone tener que enfrentarse a un marco muy distinto, en el que por ejemplo sólo hay 5 horas de luz o en el que se pasa de una aldea a una gran ciudad donde necesariamente te tienes que desenvolver en transporte público…
  • Nivel social: es muy común la pérdida de estatus al migrar y, aun teniendo formación para trabajos más cualificados, tenga que reengancharse al plano laboral en los escalones más bajos. Si esta situación se prolonga en el tiempo, la desmoralización o las dudas por la decisión tomada aflorarán dificultando mucho la adaptación.
  • Grupo étnico: obtenemos seguridad al obtener reconocimiento por las otras personas pertenecientes a los grupos a los que pertenecemos. Al empezar de cero en un nuevo país, no existen tales grupos de pertenencia y al principio se pueden observar reacciones de rechazo, desconfianza… que aumentan el malestar. Es muy importante ver el intercambio cultural como una oportunidad de enriquecimiento, así de ideas fundamentalistas en las que unas culturas prevalecen por encima de otras.
  • Seguridad física: las condiciones del trayecto, de la vivienda, de los riesgos fruto de la xenofobia, de la higiene y del acceso a servicios médicos… pueden suponer una inseguridad notable en el emigrante.

Son tantos los cambios y las situaciones a integrar tras la migración, como hemos podido ver, que la identidad de la persona se modifica. Tendemos a poner nuestra identidad en nuestras raíces, nuestra lengua, nuestros valores, nuestras creencias sobre el mundo, nuestras relaciones… por lo que al emigrar, ¿dónde se queda nuestra identidad? Así, no es extraño escuchar a padres y madres que abandonaron su país relatar con tristeza cómo su descendencia no vivirán lo que ellas vivieron, las tradiciones con las que se identifican, muy relacionadas con su identidad.

Se considera que el duelo migratorio se elabora correctamente cuando la persona construye una nueva identidad más rica y compleja, que no necesariamente es opuesta a la identidad previa. Esto supone integrar la nueva situación y el país de acogida (y sus costumbres, normas o ritos), sentirse parte del mismo, pero sin olvidar el país de origen. Al contrario, es muy importante incorporar los recuerdos a la realidad del presente conciliando ambas vivencias. La conciliación cumple una necesidad psicológica importante para el bienestar emocional, y nos permite mantener conexiones con nuestra historia y desarrollarnos con nuevas incorporaciones. Al fin y al cabo, la identidad es un proceso sin fin, en construcción constante.

PAULA LÓPEZ RODRÍGUEZ

Psicóloga sanitaria y docente en NB Psicología


Pensamos que son las otras personas. Las que nos agreden, las que se portan mal, las que no nos quieren como yo merecería, las que las que las que… Pensamos que es el resto, quien pone malas caras y no cumple nuestras demandas, las que no nos cuidan. Pensamos y volcamos, la responsabilidad, en la otra persona. La responsabilidad de que yo esté bien, de que me sienta cuidada, contenta, segura, feliz. Pero, ¿qué hay de mí en todo esto?


Es evidente que merecemos defendernos y demandar buenos cuidados por parte de las personas que nos rodean, pero en última instancia, los últimos responsables de nuestra existencia adulta somos nosotros mismos. Claudio Naranjo, psiquiatra y escritor chileno refiere que “La responsabilidad no es un deber sino un hecho inevitable. Somos los actores responsables de cualquier cosa que hagamos. Nuestra única alternativa es reconocer tal responsabilidad o negarla. Y percatarse de la verdad, nos cura de nuestras mentiras.”


Pero, ¿qué es la responsabilidad? Sería la capacidad de hacernos cargo de nosotros mismos, de nuestras actitudes, emociones, pensamientos y conductas y responder acorde a esto. Si no somos capaces de hacer este proceso, tenderemos a victimizarnos (a través de la idea de que no puedo hacer nada por mí misma) o a perseguir a las demás personas (creyendo que son ellas los únicos responsables de lo que sucede en mi vida). Estas dos opciones resultan profundamente dramáticas, ya que coloca mis posibilidades vitales en manos de los otros (locus de control externo) y dificulta enormemente poder sostener nuestra propia vida.


Uno de los primeros pasos para ir generando un locus de control interno es tomar consciencia de por qué y para qué hago lo que hago. Si tú y yo estamos frente a frente y ponemos una película invisible entre los dos, yo puedo hacerme cargo del espacio que hay de esa película invisible a mí. El resto de espacio es de la otra persona y son él o ella los que tiene el derecho y el deber de actuar conforme a ella. Incluso en los momentos de la vida en los que sentimos que tenemos poco margen de maniobra, podemos decidir. Como decía Viktor Frankl “si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.


Ana Moyano Cabrera

La multitarea o la capacidad para hacer varias cosas a la vez se ha convertido en un elemento cada vez más presente
en nuestras vidas. Una tecnología que lo permite y un ritmo de vida que lo fomenta han servido de perfecto sustrato
para su consolidación. Sin embargo, el hecho de poder hacer más tareas en menos tiempo o precisamente en el
mismo tiempo, no necesariamente es sinónimo de bienestar o progreso. Inconvenientes como la falta de
concentración, el estrés y la desconexión personal parecen derivarse de esta práctica cada vez más extendida, por lo
que una alternativa se convierte en necesaria.
Los avances digitales y tecnológicos han propiciado que seamos capaces de hacer más cosas a la vez en distintos
ámbitos de nuestras vidas. Lejos quedan ya los momentos en los que uno se conformaba con escuchar la radio
mientras cocinaba o con tener la televisión puesta de fondo mientras comía. La incidencia de la tecnología ha hecho
que cada vez tomemos un rol más activo en todo ello, y puede ejemplificarse en distintos ámbitos de nuestras vidas
con mayor o menor utilidad:

  • En las tareas domésticas parece ser el ámbito en el que más sentido tiene. Al tratarse de tareas monótonas y
    automatizadas, el hecho de estar escuchando música, hablando por teléfono o incluso viendo un vídeo en
    YouTube de reojo mientras uno se cocina el tupper del día siguiente, hace la limpieza semanal o tiende la
    ropa parece ser bastante lógico. Bien, punto para el multitasking.
  • En nuestro ocio también notamos su influencia y en este ámbito no está tan claro su valor. Podemos incluir
    aquí las actividades deportivas como por ejemplo correr. Ya sea en el gimnasio o al aire libre, cada vez es
    más común ver a gente con el móvil en la mano y unos auriculares. No parece muy cómodo, pero sí es
    comprensible que escuchar música puede hacer más entretenida una tarea repetitiva, incluso motivar a
    correr más y más rápido. Sin embargo, la cosa cambia cuando nos ponemos a mirar el móvil, contestar un
    mensaje para quedar con amigos después del ejercicio o consultar nuestras redes sociales. En ese caso nos
    distrae de nuestra actividad, nos corta el ritmo y hasta nos quita las ganas de continuar. Curiosamente, lo
    contrario al efecto que sí puede tener la música en nuestro rendimiento. En este caso, lo dejaremos en
    empate.
  • En el entorno laboral encontramos al gran caballo de batalla del multitasking. Es una capacidad que de
    manera explícita no se encuentra en muchas de las ofertas de empleo pero que implícitamente se valora, se
    fomenta y se busca en muchas de ellas. ¿Qué jefe no querría en su equipo a una persona que puede hacer
    más tareas y más variadas en el mismo tiempo? Escribir un e-mail al mismo tiempo que se habla por
    teléfono es tan común y está tan normalizado que es difícil pararse a pensar en la interferencia que esto
    genera en nuestro cerebro, la dificultad de hacer ambas acciones correctamente y la presión y estrés que se
    deriva de ese tener que hacerlo. Valoraría dar un empate teniendo en cuenta que la empresa te lo exige con
    el objetivo de producir más, pero la cantidad de errores que pueden derivarse de ello sumado a los
    estresores para la persona que lo lleva a cabo hace que sea un claro punto en contra.

  • Para finalizar la contienda, en el ámbito de las relaciones sociales se ha proliferado el multitasking hasta
    puntos bastante rebuscados. Hemos desarrollado la capacidad de atender a cómo le ha ido la semana a
    nuestra amiga al mismo tiempo que, desinteresadamente, descendemos el dedo por Instagram, y
    conseguimos que no sea irrespetuoso ya que atendemos y hasta asentimos como buenos receptores. Hemos
    llegado al punto de comprarnos relojes que nos notifican cuando nos llega un mensaje para así poder valorar
    discretamente si es lo suficientemente importante como para sacar el móvil o si podemos continuar con la
    conversación. Puede parecer práctico y lo es, pero en términos relacionales fomenta el distanciamiento
    entre las personas. Punto definitivo en contra para la derrota del multitasking.

Es necesario desenmascarar ya al rival con el que se ha enfrentado y que se ofrece como alternativa. Os presento la
monotarea, que no es otra cosa que el realizar las tareas de una en una, de manera secuencial. Con ello se pretende
fomentar una mayor atención sobre lo que hacemos en cada momento, disminuir el estrés y la presión asociados al
hacer mucho en poco tiempo y aumentar nuestra conexión con el presente y con nuestras relaciones. Seguimos con
los ejemplos, pues en los últimos años se ha colado otra moda retro, la vuelta de los “phones”, sin el “smart”
delante. Esta vuelta de teléfonos con tapa, sin internet, responde a una necesidad creciente de estar desconectados
que contrasta con la tendencia común. Estamos tan saturados de estar hiperconectados y es tan difícil desconectar
de este ritmo feroz que nos impone la sociedad digital que algunos atrevidos han optado por tomar medidas drásticas.
No se me ocurre nada más monotarea que usar un teléfono sólo para llamar.

No es mi objetivo demonizar a la tecnología, ni mucho menos. En esta era digital, la tecnología es causa primaria y
facilitadora de muchísimas de las comodidades de las que disfrutamos, sin embargo, cuando se nos va de las manos,
también está ahí para fomentar esa paradoja de la desconexión personal en el mundo de la hiperconexión social. Sí
es mi objetivo ofrecer una alternativa y para ello mostraré las explicaciones por las que la monotarea puede
ayudarnos a desconectarnos lo suficiente de lo digital para re-conectarnos con nosotros mismos y las personas que
nos rodean:

  • Desde las teorías atencionales clásicas se postulan los modelos de recursos limitados de la atención y entre
    ellos destaco el modelo de los recursos centrales (Kanheman, 1973). Según éste, a la hora de realizar varias
    tareas a la vez, ambas compiten por nuestros recursos centrales generando distintas interferencias en
    función del tipo de tarea. Es decir, que difícilmente haremos una de las cosas bien, mucho menos las dos.
    Desde la monotarea se solventa este problema: menor número de interferencias y mayor rendimiento,
    aunque eso sí, mayor tiempo invertido.

  • Relacionado con la atención está la ley de activación Yerkes-Dodson (1908), todavía más clásica. Según esta
    ley se postula que con niveles de activación bajos los recursos atencionales aumentan a medida que
    aumenta la activación hasta un punto en el que se invierte a partir del cual más activación significa menos
    recursos atencionales.
    Entonces, sumando estas dos teorías, hacer varias cosas a la vez genera interferencias y de una manera similar el
    tener que hacer varias cosas a la vez genera activación, siendo esta activación una causa de disminución de
    rendimiento cuando se pasa de rosca. Ambos efectos fomentan un resultado negativo, pues no sólo baja el
    rendimiento al afrontar varias tareas al mismo tiempo, sino que aumenta el estrés, que todavía provoca menos
    rendimiento, ¡qué desastre!
    Por ello, aquí la moraleja no se refiere tanto al rendimiento como al bienestar personal. Si quieres disminuir el estrés
    asociado a las tareas, monotarea.
    Por último, pero no por ello menos importante, tenemos el ámbito relacional. Podemos verlo desde un punto de
    vista más hedónico o personal, ya que tiene que ver con el poder estar presente y disfrutar de lo que nos ocurre en
    cada momento. Al ocupar nuestro tiempo en multitud de tareas nos pasan los días, semanas y meses volando sin
    saber cómo han pasado de largo. El cómo, tras leer este artículo, puede estar bastante relacionado con haber
    intentado hacer todo y por ello no haber hecho nada de manera plena y consciente.
    “Una manera laboriosa de no ser nada es serlo todo; de no querer nada, quererlo todo.” Henri-Frédéric Amiel

Manuel Valdés Vasallo
Psicólogo Sanitario M-33113
Especialista en Psicoterapia Integradora
Terapeuta familiar e individual

 

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