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Vera Celada
Psicóloga en NB Psicología

Exigencia significa la acción y efecto de imponer o imponerse.  A nivel psicológico, podemos detectar que nos exigimos inadecuadamente cuando aparecen pensamientos como “tengo que…”, “debería…”, “no me puedo permitir…”. La base de esta exigencia es negativa: Sentimos que no estamos haciendo lo que tenemos que hacer y no cumplimos con lo que queremos y nos hemos propuesto.
Vivimos en un mundo en el que no paramos. Queremos mejorar y crecer a todos los niveles. Profesional y personalmente. Queremos llegar a todo y no fallar. En el mundo en el que vivimos, cada vez está mejor visto darlo todo por un objetivo. Ser el mejor. Admiramos a aquellas personas que persiguen sus sueños y lo consiguen, admiramos el sacrificio y la superación.
Queremos sentirnos bien, y pensamos, que cuando consigamos ese objetivo, seremos felices o nos sentiremos mejor con nosotros mismos. Pero, muchas veces, no nos damos cuenta del nivel elevado en el que nos movemos. El problema viene cuando tanta exigencia y tensión se acumula, no se gestiona adecuadamente y la ansiedad entra en escena. En ocasiones, lo que más nos afecta es la parte física: problemas digestivos, problemas en la piel, taquicardias repentinas…
A veces, vemos normal estar rindiendo a un nivel elevado. Muchas veces, hasta se ve mal no rendir a este ritmo y no entendemos por qué no podemos llegar a lo que hacíamos antes. Pensamos que “ahora es lo que toca” o “es el último empujón”.
Esto no quiere decir que a veces tengamos que rendir más y no lo hagamos, sino que hay que saber qué tipo de presión y hasta donde podemos llegar.
Muchas veces no nos damos cuenta de que nos hemos presionado demasiado. Yo me pregunto ¿Si nos rompiéramos una pierna, al día siguiente querríamos caminar? ¿Y por qué si nos rompemos a nivel emocional no lo vemos así? Muchas veces, lo asociamos más con “No he podido llegar a lo que quería” que con “Me he pasado al presionarme tanto”.
Me encuentro con muchas personas que sienten que es bueno ser exigente. Sí, es bueno querer dar lo mejor de uno mismo, pero igual que nos exigimos, debemos sentirnos bien y reforzarnos, tanto si hemos conseguido lo que queríamos como si no. Porque si solo funcionamos a base de exigencia siempre sentiremos que podríamos haberlo hecho mejor. Podemos empañar algo positivo y quedarnos con una sensación agridulce.
Querer mejorar, avanzar, es positivo. Pero debemos ser conscientes de que sea bueno para nosotros en todos los sentidos.  Si no decidimos con la cabeza y con el corazón (sí, con los dos), si tiramos solo de cabeza y exigencia sin saber parar, llegará un momento en el que el cuerpo pare por nosotros.
Muchas veces pregunto, ¿Qué pasaría si no te exigieras? Y muchas veces responden: “Todo sería un desastre, no haría nada”. ¿Realmente no hacemos nada si no nos lo exigimos? ¿Qué pasaría si pensamos que queremos hacer eso porque es bueno para nosotros y nos sienta bien? Por ejemplo, muchas veces hacemos ejercicio no por obligación, sino porque nos sentimos bien realizándolo. Pero si nos imponemos ir, lo haremos unos cuantos días y al siguiente dejaremos de hacerlo, porque no sentiremos que nos ayuda.
Tan importante es funcionar con exigencia como cuidarnos. Es imprescindible saber qué cosas son buenas para nosotros y llevarlas al día a día. Muchas cosas que nos planteamos como “obligaciones” son cosas que queremos hacer.
Y pensaréis ¿Pero si es bueno por qué no lo hago? Quizá debemos pararnos a pensar. Si no queremos hacer algo que es bueno para nosotros, ¿qué hay detrás de todo esto? Será bueno profundizar en lo que puede estar ocurriendo y tomar una decisión sobre si debemos seguir forzándonos o no, porque quizá no sea tan bueno para nosotros…
Y para terminar, os dejo con esta frase de Plutarco:
“El trabajo moderado fortifica el espíritu; y lo debilita cuando es excesivo: así como el agua moderada nutre las plantas y demasiada las ahoga”

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José Arcadio Buendía, el mítico personaje de García Márquez, nunca pudo entender el sentido de una contienda entre dos adversarios que estaban de acuerdo en los principios.
Quizá nos pueda parecer una obviedad el que las personas involucradas en algo conozcan las reglas de ese algo … Pero en la realidad, no siempre es así: a veces, nos embarcamos en dinámicas con los otros sin estar de acuerdo en sus principios…. al desconocerlos.

Diferentes teóricos señalan la naturaleza no racional y consistente en los patrones de las dinámicas mediante las cuales las personas se relacionan y lo infrecuente de que estas formas de relación sean precisamente lo que parecen, señalándose que tres de cada cinco interacciones sociales que se producen no son auténticas e íntimas, sino juegos. Las relaciones humanas tienen lugar a través de estos juegos: transacciones sencillas que se repiten a lo largo de la relación. Los juegos se podrían definir como intercambios complementarios al mensaje que se transmite, y que progresan hacia un resultado más o menos definido de la comunicación, siendo las motivaciones de los participantes, ocultas. Estos juegos, serían una vía indirecta para obtener de los otros beneficios afectivos o para expresar emociones socialmente castigadas de forma que parezcan legítimas, al no poderse expresar en ese momento de otra forma más adecuada.

En estos juegos, el drama comienza cuando se han establecido los roles, según el Triángulo Dramático de Karpman, así como las dinámicas de intercambio de estos roles. Estos roles son el Perseguidor, Salvador y Víctima:

– El rol de Perseguidor permite sentirse omnipotente, poderoso, especial, legitimado para dominar al resto. Desde él, se justifican las emociones negativas sentidas y lanzadas contra otros y permite imponer limitaciones a los demás a través de autoritarismo y opresión del otro, haciéndolo sentir inferior. Descubrir el error en el otro por parte del perseguidor, sitúa al otro jugador en un estado de inferioridad sobre él, y así el perseguidor se permite reaccionar con ira y volverse más exigente y crítico en las demandas hacia la otra persona.

– El rol de Salvador produce la percepción de ser importante, competente, fuerte, superior a la persona a la que se ayuda y protege por ser más débil, a la vez que superior al perseguidor del que se le protege, e incluso superior a todos los demás, que no hacen nada, que no salvan. En el rol de salvador, se ayuda, aunque esta ayuda no haya sido requerida, y supone, por tanto, dominancia sobre el otro, al igual que la ejercida por el rol de perseguidor, aunque más encubierta que esta.
– En el rol de Víctima, la persona se muestra desamparada y vulnerable. Sin embargo, suele culpar a otra persona -al perseguidor- a la par que coloca la responsabilidad de sus acciones a otra -el salvador-. El rol de víctima se ubica en la queja, colocando a la persona que juega este rol en una falta de resolución de las dificultades de su vida, volviéndola dependiente de salvadores que actúen por ellas, y de perseguidores a los que responsabilizar, logrando que otras personas tomen la resolución de su vida a la par que se eximen de cualquier culpa de sus acciones.

Todos los roles son intercambiables y una persona puede jugar uno en un momento y otro en otro. El problema de los juegos es cuando los roles son estables o anticipables por el resto de jugadores, los cambios en los roles desde los que nos relacionamos son rápidos y tenemos sensación de descontrol sobre la forma de relacionarnos con los otros, quedando un poso de malestar después de ello, y sin saber la razón por la cual nos hemos comportado de una u otra manera -al tomar uno u otro rol-.

La adquisición de las dinámicas que se producen en los juegos se produce durante nuestro crecimiento, en nuestro seno familiar, principalmente en los primeros tres años de vida, por observación y posterior participación en los juegos presentes en la familia, por ello, cuando se establecen no de forma temporal sino como forma de responder al entorno, se convierten en una fuente de malestar para la persona.

Para poder salir de los juegos es necesario tomar conciencia de nuestra forma de comunicarnos para explorar formas alternativas más directas y positivas de obtener afectos de los otros y poder desarrollar relaciones auténticas e íntimas. Solo desde esta toma de conciencia podremos conocer los juegos a los que jugamos, los roles en los que nos situamos, y las posiciones donde situamos al resto, y decidir con libertad si queremos seguir relacionándonos de tal forma, o si apostamos por una comunicación veraz y auténtica, en la que busquemos afecto y ayuda en el otro de una forma directa y sincera, recuperando el control sobre nuestras vidas y sobre nuestra comunicación.

Solo de esta manera sabremos si estamos de acuerdo con las reglas del juego que hemos impuesto, o si, por el contrario, apostamos por su cambio y, por tanto, por establecer relaciones más sanas, y de mayor calidad.

Pilar de la Higuera
Prácticum Máster en Psicología General Sanitaria

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Pensamos que son las otras personas. Las que nos agreden, las que se portan mal, las que no nos quieren como yo merecería, las que las que las que… Pensamos que es el resto, quien pone malas caras y no cumple nuestras demandas, las que no nos cuidan. Pensamos y volcamos, la responsabilidad, en la otra persona. La responsabilidad de que yo esté bien, de que me sienta cuidada, contenta, segura, feliz. Pero, ¿qué hay de mí en todo esto?


Es evidente que merecemos defendernos y demandar buenos cuidados por parte de las personas que nos rodean, pero en última instancia, los últimos responsables de nuestra existencia adulta somos nosotros mismos. Claudio Naranjo, psiquiatra y escritor chileno refiere que “La responsabilidad no es un deber sino un hecho inevitable. Somos los actores responsables de cualquier cosa que hagamos. Nuestra única alternativa es reconocer tal responsabilidad o negarla. Y percatarse de la verdad, nos cura de nuestras mentiras.”


Pero, ¿qué es la responsabilidad? Sería la capacidad de hacernos cargo de nosotros mismos, de nuestras actitudes, emociones, pensamientos y conductas y responder acorde a esto. Si no somos capaces de hacer este proceso, tenderemos a victimizarnos (a través de la idea de que no puedo hacer nada por mí misma) o a perseguir a las demás personas (creyendo que son ellas los únicos responsables de lo que sucede en mi vida). Estas dos opciones resultan profundamente dramáticas, ya que coloca mis posibilidades vitales en manos de los otros (locus de control externo) y dificulta enormemente poder sostener nuestra propia vida.


Uno de los primeros pasos para ir generando un locus de control interno es tomar consciencia de por qué y para qué hago lo que hago. Si tú y yo estamos frente a frente y ponemos una película invisible entre los dos, yo puedo hacerme cargo del espacio que hay de esa película invisible a mí. El resto de espacio es de la otra persona y son él o ella los que tiene el derecho y el deber de actuar conforme a ella. Incluso en los momentos de la vida en los que sentimos que tenemos poco margen de maniobra, podemos decidir. Como decía Viktor Frankl “si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.


Ana Moyano Cabrera

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