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Tags: terapia familiar

Nb Psicología

Eva Muñoz del Mazo

Col. M-27510

Psicóloga Grupo NB Psicología

  • Mi hija adolescente no me habla, es como una desconocida…
  • Eso debe ser duro… ¿Y tú que haces?
  • No le pregunto.

Esta frase es común entre padres y madres desesperados que no saben qué hacer con sus hijos/as adolescentes. En un intento por no agobiar a sus hijos, o por no saber cómo abordarles, terminan por acrecentar el círculo vicioso de la distancia en la relación. Y es que, paradójicamente, a menudo hacemos lo contrario de lo que necesitamos. Otras veces invaden a sus hijos con preguntas, pero no saben cómo hacer para que su hijo/a se abra con confianza, en un diálogo. Otros padres, cuando indagamos en cómo tratan de acercarse a sus hij@s adolescentes, resulta que terminan por convertir la conversación, sin querer, en un juicio, en lugar de empatizar con sus emociones:

“No nos hablas, no sales de tu habitación…  ¡eres un desagradecido!”

Si los padres en esos casos, en lugar de terminar juzgando o dando un sermón, expresaran sinceramente (y sin dobles mensajes) que les gustaría saber más de cómo están sus hijos, es más probable que haya un acercamiento. Es comprensible la rabia, incomprensión y desesperación de los padres, pero al volcarla sobre su hijo/a pierden la oportunidad de acercarse a ellos/as, que es lo que realmente buscan. Por otro lado, el/la adolescente también es presa de una montaña rusa emocional a menudo, y también pueden acabar incrementando el nivel de conflicto con malas formas, gestos de indiferencia, o insultos, por lo que el bucle está servido. Al final no importa quién empieza el bucle, sino que se pare. 

La crianza de un adolescente no es fácil: por un lado, ya no son niños/as, y por otro, aunque tienen una madurez creciente a todos los niveles, no son adultos plenamente desarrollados. Además, su cerebro y sexualidad en desarrollo sufre explosiones hormonales que hacen que vivan intensamente las emociones y el mundo social. Tienen la sensación de que los problemas y sus emociones en ese momento no fueran a acabar nunca. Esto contribuye enormemente a cambios de humor y expresiones emocionales que pueden parecer “exageradas” a ojos de los adultos que les cuesta empatizar con el mundo interno del adolescente.

En la etapa de la adolescencia es vital que los adultos favorezcan la autonomía, la exploración, la socialización, es decir: soltar un poco las riendas. El y la adolescente necesita explorar el mundo, explorarse a sí mismo/a, aprender de sus propios errores.  Pero al mismo tiempo, necesitan límites que les enseñen hasta dónde, hasta cuándo, que les den estructura, porque la estructura también da seguridad y es una forma de educar con amor. Estos límites no implican un autoritarismo adulto falto de afecto, sino que pueden ser ejercidos con firmeza y autoridad, pero a la vez con empatía y afecto.

Los adolescentes, por tanto, siguen necesitando atención, empatía y protección (ojo, no sobreprotección) adaptadas a su madurez.  Necesitan de adultos que estén ahí, pero con dosis adecuadas de autonomía y límites. Ahora bien, cuando la balanza entre afectividad y límites está polarizada hacia uno de los extremos, estaremos pasando por alto una parte importante de su educación. Si sólo protegemos, damos consejos y empatizamos, pero nunca ponemos unos límites firmes o favorecemos su autonomía, estaremos sobreprotegiendo, impidiendo que ganen seguridad en sí mismos y que construyan una sana autoestima. Si, por el contrario, sólo nos centramos en lo que hay que hacer, (por ejemplo, a través de los estudios, las tareas domésticas, cómo han de hacerse las cosas) sin favorecer momentos de escucha empática de lo que les pasa por dentro, o respetando su propia forma de hacer las cosas, no estaremos atendiendo a la persona sintiente (y en el caso de los adolescentes, recordemos, su emocionalidad está a flor de piel). Estaremos perdiendo la conexión emocional que tanto necesitan. Este equilibrio no es fácil, pero es necesario. Y no será igual cuando tengan 13 años que cuando tengan 17. Pero seguirán siendo necesarias ambas partes adaptadas a su nivel de madurez.

Cuando se hace muy costoso establecer esa conexión y ese balance, puede ser que la relación esté dañada. Esto puede deberse a factores como un estilo educativo que recibieron los padres y que no les está funcionando con sus hijos, una  relación dañada desde la infancia pero que se manifiesta con más virulencia cuando el menor llega a la adolescencia, o por problemas en la familia o en la vida del adolescente que le hacen más vulnerable o más evitativo, o una amalgama de varios factores.  En estos casos, la terapia familiar resulta de vital importancia para ayudar a identificar patrones de comunicación dañinos o disfuncionales que dañan cada vez más la relación, así como emociones que se están expresando indebidamente o que se están suprimiendo, etc. La adolescencia, al fin y al cabo, es un período duro para toda la familia y que necesita ser comprendido y atendido, viendo a cada miembro de la familia con sus propias dificultades.

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