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«Ser padres es desarrollar fortalezas con las que creemos no contar y enfrentar temores que probablemente no sabíamos de su existencia»

Una muy querida mamá a la que tuve el placer de acompañar a lo largo de su proceso terapéutico durante el embarazo, me confesó, tras varios meses de psicoterapia y cuando se acercaba el final del mismo, que deseaba tener un hijo para poder pasar tiempo con él, tiempo de calidad. Comentaba que quería dedicar ese tiempo a ayudar a su hijo o hija a que fuera una persona lo más autónomo/a posible y sobre todo dejar un legado de buenos momentos juntos. A lo largo de las sesiones descubrió que era muy importante para ella fomentar que su hijo fuera un individuo libre, “no puedo decidir por él, pero sí acompañarle en sus buenos y malos momentos, intentando no cargarle con mis frustraciones y crear su propia historia”, comentaba.

Esta construcción mental sobre la maternidad y cómo la mamá deseaba que fuera la relación con su futuro hijo, es muy distinta a la que tenía Yerma, en la obra de Federico García Lorca (1934): “Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y lo acepté. Con alegría… El primer día que me puse de novia con él ya pensé en los hijos… Yo pienso muchas cosas, muchas, y estoy segura que las cosas que pienso las ha de realizar mi hijo. Yo me entregué a mi marido por él, y me sigo entregando para ver si llega, pero nunca por divertirme…”

Es evidente que al leer cada uno de los relatos nos llegan sensaciones muy distintas. En el primer caso, quizás se puede inferir que hay una mamá más tranquila, con seguridad respecto al rol que quiere desempeñar como madre, que comprende de qué manera puede mejorar el bienestar emocional de su hijo y el suyo propio, muy consciente de lo importante que es no cargar a los niños con nuestras heridas o dificultades. Sin embargo, en el caso de Yerma podemos percibir una cierta sensación de indefensión, de falta de control, así como una fantasía entorno a la maternidad cargada de sacrificio y deseos personales que le gustaría satisfacer a través de su hijo. 

Precisamente para esto sirve ir a terapia. El acompañamiento psicológico te ayuda a conocerte en profundidad. Identificar tus necesidades y deseos y facilitar el camino para satisfacerlos. Comprender cuales son los procesos emocionales normales y los que no, y ayudarte a desarrollar herramientas para manejarlos. También, podrás conocer tus propias heridas, carencias o creencias limitantes sobre ti mismo, aprendiendo a mirarte de una manera más compasiva y poder tomar decisiones respecto a cómo quieres gestionarlas, de cara a prevenir que no se forjen en tus hijos de la misma manera que ocurrió contigo. Es decir, elegir el camino del autoconocimiento para decidir qué tipo de madre o padre quieres ser y poder vivir plenamente esta experiencia tan maravillosa.

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