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La adolescencia es una etapa que todos tenemos bastante estigmatizada… si pensamos en ella, en seguida nos llegan ideas como consumo de drogas, conductas de riesgo, problemas en casa… en definitiva, asociamos adolescencia con conflicto y problemas.

Es cierto que es una etapa compleja, donde el adolescente necesita conocerse a sí mismo y empezar a generar su propia identidad. El grupo de iguales y amigos pasa a ser una de las cosas más importantes para ellos. Las emociones están a flor de piel y surgen rápidamente a veces sin aparente sentido.

Por otra parte, en casa y en la relación con la familia suele haber como poco discrepancias y opiniones distintas, llegando a veces a darse conflictos que llegan a distanciar al adolescente de su familia. Es frecuente que el adolescente no se sienta comprendido en casa, e incluso que exprese rabia, frustración y oposición a la familia.

Pero ¿Qué pueden hacer los padres ante esta situación?

Un aspecto que yo siempre recomiendo como terapeuta es recordar y conectar con la adolescencia que nosotros vivimos ¿Cómo era? ¿Cómo estábamos? ¿Qué nos ocurría?  ¿Qué necesitábamos?

Conectar con nuestra adolescencia nos hace conectar con nuestro hijo. Entender lo que nos sucedió nos ayudará a entender lo que le ocurre, y desde ahí nuestra ayuda será mucho más valiosa para él.

Suele ser habitual que el adolescente no cuente lo que le ocurre e incluso sea receloso con su intimidad. No es malo que haya cosas que no quiera contar a sus padres, esto implica que empieza a necesitar su espacio y a querer gestionar él solo lo que ocurre, por lo que es muy importante dar ese espacio, permitir su intimidad y dejarle elegir qué cosas quiere contar y qué no. Si insistimos, será como una concha, que más se cerrará cuantos más intentos hagamos de abrirla.

Que nuestro hijo no quiera contar ciertas cosas no implica que no necesite a sus padres. Claro que les necesita, solo que de una forma distinta a cuando eran pequeños. Necesitan explorar, conocer, arriesgarse y cometer sus propios errores, y es a posteriori, cuando necesitan la ayuda de los padres. Si no les permitimos de una forma u otra vivir estas experiencias, probablemente esto lo vivan como injusto y lo vivan con rabia y frustración, por lo que será un foco de conflicto en la familia.

Este espacio para permitir desarrollarse no tiene que ver con que no haya límites. Cuando el adolescente vaya haciéndose más independiente, estos límites irán cambiando o adaptándose a las situaciones de cada familia, siendo muchas veces necesario que sean negociados con nuestro hijo. Entenderle, escucharle, valorar opciones y ver lo que nuestro hijo necesita es también muy importante a la hora de poner límites, para ir poco a poco dándole más responsabilidad al adolescente y con ello haciéndose él cargo de sus decisiones y su vida. Esto no es sencillo, y viene acompañado de ensayo, error, expresión de emociones por parte tanto de los padres o de hijos y mantenimiento o cambio de límites si es necesario. Es algo que se va dando con el tiempo y se va adaptando a las necesidades de nuestro hijo y de nuestra familia.

Por todo esto, es necesario comprender el momento vital de nuestro hijo, entender que él está inmerso en un mar de dudas, de incertidumbre y de caminos a elegir, y nosotros como padres estaremos ahí, mirando con distancia prudencial y acompañando, acercándonos y alejándonos según el adolescente nos lo pida y lo necesita.

Os propongo varios pasos para acercarnos a nuestro hijo adolescente:

  • Observar emocionalmente: Como está, que emoción se observa en él, si está solo o hablando con alguien o le acaba de suceder algo.
  • Calmar nuestra preocupación como padres. Acercarnos al adolescente poco a poco y de forma tranquila preguntar qué le ha ocurrido y si necesita algo.
  • Si el adolescente quiere hablar de ello, escuchar, dar espacio para que se desahogue y no confrontar si vemos cosas que ha podido hacer mal: es momento de acoger emocionalmente. Cuando esto haya pasado y esté más tranquilo, si podemos darle nuestra opinión al respecto, y valoraremos pausadamente si como padres debemos poner algún límite tras lo ocurrido.
  • Si el adolescente no quiere hablar de ello, se lo permitimos y le damos espacio, pues si en ese momento insistimos, podemos generar otro problema añadido.

De esta forma, generamos un espacio donde no se sienta presionado, donde pueda hablar abiertamente de lo que necesite, dando con ello la referencia incondicional que como hijos necesitan sentir de sus padres.

Para terminar, os dejo una frase que leí y recoge bien todo lo planteado en este artículo: “Puedes saber cuándo un niño está creciendo cuando deja de preguntar de dónde viene y comienza a decir a dónde va.”

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