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Una de las principales lecciones sobre educación y crianza me la dio precisamente un  niño, de 9 años, en consulta. Me gustaría compartirlo con vosotros. 

Estábamos trabajando su relación con el enfado y le pedí que dibujara algo que le  disparase esta emoción. Para mi sorpresa dibujó una porción de pizza. Coincidía con que  era su comida favorita por lo que le pedí que me explicara esto un poquito mejor. 

“Me enfada poder comer pizza todas las noches” 

Al escuchar esto me fijé no sólo en el contenido de la frase, si no en sus gestos, su  postura, su cuerpo. Hablaba de enfado, pero su cuerpo me hacía llegar señales diferentes.  En esta ocasión, el enfado era una emoción secundaria, siendo la original la tristeza.  

“Cuando voy a casa de mi amigo, sus padres no le dejan comer siempre lo que quiere” 

Este niño dejó de percibir como un privilegio el poder decidir su alimentación. Pedía a  gritos límites, es decir, información y pautas acerca de qué puede y qué no, de por qué  no siempre podemos hacer lo que nos gusta porque quizá necesitemos otra cosa.  

Los límites, argumentados y expuestos con respeto, velan por nuestra seguridad. En la  infancia necesitamos que adultos más sabios que nosotros nos guíen, hasta que más  adelante sepamos hacerlo por nosotros mismos. Gracias a los límites dormimos las horas  que necesitamos para un adecuado descanso, cuidamos nuestra alimentación e higiene,  aprendemos a hablar con respeto a los demás, a respetar turnos, a cuidar correctamente  nuestras propiedades y las ajenas… Estos aprendizajes son necesarios para aprender a  cuidarnos y a darnos valor. Que nos los procuren quienes nos cuidan también nos  informa de que conocen nuestras necesidades y les importamos. 

El niño de consulta, a partir de esta experiencia, empezó a construir creencias como las  siguientes: 

“Si me dejan comer pizza todos los días, es porque… 

… no les importa cómo me alimento. 

… no les importa mi salud. 

… NO LES IMPORTO YO” 

Esta última creencia habla directamente de su valía, de su autoestima, y, aunque pudo  repararse, es importante conocer la importancia de los límites y las consecuencias de no  atenderlos. 

A día de hoy, sigo acordándome de esa sesión cada vez que trabajo límites con las  familias. Gracias, D. 

PAULA LÓPEZ RODRÍGUEZ 

Psicóloga Sanitaria y Docente en NB Psicología.

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