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El cerebro humano es, sin duda, un complejo y magnífico sistema que ha permitido a los seres humanos desarrollarse y avanzar.  Una de las cualidades que ha hecho esto posible es que está perfectamente diseñado para protegernos de los peligros que puedan surgir en nuestro entorno, ayudándonos a reaccionar de la manera más adaptativa para sobrevivir.

¿Qué son los mecanismos de defensa?

Los mecanismos de defensa son aquellas estrategias que utiliza nuestro cerebro para defenderse ante la percepción de una amenaza.  Están automatizados en nuestra mente: nos permiten estar preparados en aquellos momentos en los que resulta fundamental actuar rápidamente para sobrevivir.  Si viene un león, no pensamos… ¡corremos!

Cuando las defensas dejan de ser útiles…

En determinadas circunstancias, estos mecanismos son muy útiles.  Sin embargo, hay ocasiones en los que nuestro cerebro interpreta un estímulo como amenazante, cuando, en realidad, no supone un peligro real. De ahí que resulte fundamental comprender qué son los mecanismos de defensa, de qué quieren defendernos y por qué.

En la clínica, nos encontramos con personas que han vivido eventos que han supuesto una amenaza real para su vida o la de otros, o bien su cerebro las ha interpretado como tal.  Cuando ocurren este tipo de sucesos, nuestras defensas se activan inmediatamente para afrontarlos de la manera más adaptativa posible.  En el momento, es probable que nuestras defensas nos sirvan de ayuda y nos protejan de un mal mayor; el problema aparece cuando esas amenazas ya no están y, sin embargo, nuestras defensas siguen activándose como si la situación permaneciera, igual que cuando ocurrió de verdad.

Nuestras defensas tienen muchas formas de manifestarse, que se podrían agrupar en tres reacciones básicas: lucha, huida o congelación.  Pongamos un ejemplo: cuando Pedro tenía 6 años, escuchó asustado a sus padres discutiendo a gritos en el salón; ahora cuando escucha a alguien alzar la voz a) se enfrenta a la persona gritándola (lucha), b) se va de la habitación o se pone a pensar en otras cosas (huida); c) se queda bloqueado (congelación).  Todas estas reacciones son estrategias para afrontar las sensaciones, pensamientos y/o emociones desagradables que le genera ese tipo de situaciones, por la experiencia que tuvo de pequeño con sus padres.

Así, nuestras defensas se activan en el momento que aparece un disparador, un estímulo que nuestro cerebro asocia a experiencias pasadas (lugares, personas, circunstancias, sensaciones, etc.), aunque en la actualidad realmente no supongan ningún tipo de peligro.

Los mecanismos de defensa son necesarios

Los mecanismos de defensa no son “malos”; no podríamos tolerar ciertas situaciones sin ellos.  Las defensas son como nuestro sistema inmunológico mental, las necesitamos y no podemos vivir sin ellas, porque nos protegen.  Lo que sí resulta fundamental es asegurarnos de que nuestras defensas estén cumpliendo una función adaptativa.  Por ejemplo, si una persona que nos gusta nos rechaza, podemos proteger nuestra autoestima convenciéndonos a nosotros mismos de alguna manera de que, en realidad, esa persona no merecía tanto la pena.  Ahora bien, si desde el momento en que nos rechaza una persona comenzamos a pensar que nadie merece la pena, nuestros mecanismos de defensa estarían comenzando a cumplir una función desadaptativa: nos estarían impidiendo establecer relaciones afectivas con otros, y esto, a largo plazo, nos afectaría negativamente.

¿Qué tipos de mecanismos de defensa hay?

Existen varios tipos de defensas.  Algunos de los más comunes se presentan a continuación.  Partamos de un ejemplo:  imaginemos una persona que a lo largo de su infancia ha sufrido maltrato físico por parte de un familiar cercano, su padre.  Podrían ocurrir varias cosas:

  • Represión: “No recuerdo nada”.  Su mente busca ocultar y mantener inconsciente ese recuerdo, así como los pensamientos, sensaciones y emociones asociados a ello.
  • Aislamiento afectivo: cuenta sin mostrar ningún tipo de emoción: “Mi padre me pegaba cada vez que llegaba a casa borracho”.  Su mente esconde y anula las emociones desagradables que le genera la realidad de suceso.
  • Despersonalización: “Siento que mi cuerpo no es mío; es como si fuera un observador externo a mí mismo”.  Se trata de una desconexión de su propia identidad, de su cuerpo, de sus vivencias o sensaciones, a raíz de los que sucedió.
  • Anulación retroactiva“¿Qué dices? Mi padre no me pegó.” Trata de autoconvencerse de que no pasó nada.  A diferencia de la represión, lo recuerda, pero lo trata de ignorar o borrar activamente.
  • Desplazamiento: en el colegio pegaba a sus compañeros y en el trabajo trata mal a sus empleados.  Se redirigen los sentimientos que le genera el evento original hacia otra persona u objeto, normalmente ajena al hecho desencadenante.
  • Fantasía“Mi padre era genial: afectuoso, cuidador, amable, preocupado… Me trataba muy bien”.  Se trata de una fantasía (irreal) que satisface sus deseos no cumplidos.
  • Proyección: Cuando su amigo le cuenta que ha discutido con su padre, le responde: “Debes de estar fatal, qué horror, cuánto lo siento…”.  Muestra compasión hacia su amigo.  Se distancia de los sentimientos propios para hacerlos más tolerables.
  • Negación: “No fue nada, fue un golpecito sólo”.  Es señal de que no se han aceptado la realidad de los hechos tal y como son.
  • Racionalización“Me dio una colleja porque me había portado mal, es normal, me lo merecía”.  Se niegan los verdaderos motivos “pintando” los impulsos negativos con una brocha de racionalidad.
  • Somatización:  No siente ninguna emoción, pero tiene dolores de espalda.  Las sensaciones y emociones reprimidas brotan en forma de problemas físicos.

Las defensas, como hemos visto, son mecanismos que nos permiten tolerar aquello que nos ha resultado desagradable o doloroso.  En este sentido, las necesitamos.  La clave reside en ser conscientes de qué función están cumpliendo para nosotros en ese momento y comprobar que están llevando a cabo una función adaptativa.

Monica Webster

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