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La familia como formadora de valores

Todos nosotros nacemos en el seno de una familia, sin tener la oportunidad de elegir en cuál. Sin embargo, en todos los casos éste es el primer grupo de referencia al que pertenecemos. El primer aprendizaje de nuestra socialización. Con el tiempo llegarán otros grupos, como la familia extensa – tíos, primos, abuelos – los amigos, los compañeros de colegio o facultad, los compañeros de trabajo, la pareja,… por citar solo algunos de ellos.

La socialización es ese proceso por el que los humanos nos convertimos en personas. La familia es la primera que se ocupa de esta transformación. En ella aprendemos reglas y valores que nos serán útiles cuando tengamos que movernos en el mundo exterior. Reglas; como la existencia de normas que hay que cumplir, porque eso permite que todos hagamos uso de nuestra libertad sin invadir al vecino. Valores; como la capacidad de compartir lo que se tiene, la posibilidad de posicionarte en el lugar del otro y así entenderle mejor. También valores muy aireados en tertulias y debates como el esfuerzo o la constancia, y otros menos comentados como la compasión, el reconocimiento del otro, la justicia o la tolerancia a la frustración.

De todo esto se ocupa la familia (o al menos debería de ocuparse) pues una vez cubiertas las necesidades de alimento y cuidado básicas, ésta es su principal misión. Nuestros padres son la primera figura de autoridad a la que nos enfrentamos. Ellos son también nuestros principales suministradores de amor, reconocimiento, compasión, justicia, cariño,… Con nuestros hermanos aprendemos a compartir, a empatizar (entender el sentir del otro), a competir, – a ganar y a perder –.

La familia como grupo humano de referencia es extraordinaria, pero no es propiedad de ninguna doctrina y, por lo tanto, su esquema tradicional (abuelos, padres, hijos) puede cambiar y aun así no perder su nombre. La familia en la actualidad ha sufrido una revolución en su estructura. Bien sea con la presencia de un solo progenitor, con la ausencia de abuelos, o la presencia de dos progenitores del mismo sexo (por citar solo algunos casos), lo transcendental es la capacidad del grupo para llevar a cabo este proceso transformador. En otras palabras, los valores y las reglas, el amor y la comprensión no son propiedad de ninguna estructura familiar concreta. Todas las personas son capaces, en principio, de trabajar sobre estos valores y reglas y, por lo tanto, están preparadas para transmitírselos a sus hijos. Todos somos personas, todos hacemos familia.

Escrito por : JOSE Mª CORTES ESBRI psicólogo del equipo NB

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