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Nb Psicología

Eva Muñoz del Mazo
Psicóloga equipo NB

A pesar de tener; normalmente, la mejor de las intenciones, a menudo los adultos tienen verdaderas dificultades para aceptar los sentimientos de sus hijos e hijas. Esto hace que acaben negando cómo se sienten, que den otras interpretaciones a esas emociones, que les den consejos o sermones, o incluso que reaccionen de mala manera a emociones del niño que no saben cómo gestionar. Y muchos padres pensarán al leer estas líneas que no hay nada de malo en dar consejos o sermones a los hijos porque forma parte de su educación. La cuestión es que cuando un niñ@ (y en menor medida, también los adultos) expresan un sentimiento, una emoción o una vivencia interna, nos guste éste o no, lo que en realidad necesita esa persona es sentirse escuchada y comprendida. Es decir, que nos demuestren que esa emoción no es mala, inadecuada o juzgada: nos sentimos así y eso está bien. En otras palabras, que nuestra emoción es aceptada. Los consejos pueden ser útiles, pero no en ese momento. Si la emoción no es tratada con esta actitud de respeto y aceptación, los consejos no van a ser útiles en ese momento y además estaremos enseñando a los niñ@s que no tienen derecho a sentirse de tal manera, que las emociones son dañinas o que lo primero que hay que hacer es cambiar o negar la emoción en cuestión. Aunque este trato con las emociones es muy habitual, no es saludable a largo plazo para la salud emocional de niños.

Ejemplo 1:

Niño: Mami, hace mucho calor aquí

Adulto: Está haciendo frío: déjate puesto el suéter.

Niño: No, tengo calor.

Adulto: ¡Te dije que te dejaras el suéter puesto!

Niño: No, tengo calor…

Ejemplo 2:

Niño: Mami, estoy cansado

Adulto: No puedes estar cansado, acabas de dormir la siesta.

Niño: (en voz más alta), Pero ¡estoy cansado!

Adulto: No estás cansado: sólo tienes un poco de sueño, vamos a vestirte

Niño: (sollozando). ¡Estoy cansado!

*Ejemplos extraídos de Faber y Mazlish, (2013)

En estos ejemplos de la vida diaria se aprecia una tendencia a negar al niño su vivencia, o darle otra interpretación, y por tanto sus emociones no se calman sino que, muy al contrario, reaccionan peor (o bien con mal comportamiento, con más enfado, sollozos, etc.). Es importante notar las reacciones de los niños y niñas. El comportamiento comunica aspectos de su vivencia interna que aún no pueden expresar adecuadamente. Por eso la mejor manera de enseñárselo es ser buenos modelos. 

 

Lo primero, por tanto, es ser receptivos y sensibles a sus sentimientos y tratar de conectar con ellos desde un punto de vista emocional. De hecho, cuando se portan mal, es precisamente cuando más suelen necesitar ese tipo de conexión, porque no están siendo capaces de regular el malestar adecuadamente. Si ante el mal comportamiento de un niño, el adulto solamente reacciona con enfado o mal humor, lo más probable es que esa respuesta emocional aumente. Con lo que se pueden crear bucles muy dañinos que a la larga crean malestar emocional en el niño y empeoran la relación. 

Aquí es importante señalar que la conexión emocional no significa ser permisivos. Ambas no son en absoluto excluyentes, sino que al combinarse aportan al niño o niña una oportunidad de regular sus emociones y tener claros límites que han de aprender. 

En palabras de Siegel y Bryson (2015), “Tan pronto como hemos conectado con nuestro hijo y le hemos ayudado a tranquilizarse, es más posible que pueda oírnos y entender del todo lo que estamos diciendo, podemos redirigirlo hacia una conducta más apropiada y ayudarle a encontrar un comportamiento mejor”.

Después de conectar emocionalmente, cuando el niño/a esté más calmado, ya podemos redirigir la conducta. Es decir, poner límites, darles información que probablemente no conocían, mostrarles con amor las consecuencias de sus actos, etc. 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Faber, A., Mazlish, E., & Coe, K. A. (2013). Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen. Edivisión.

Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2015). Disciplina sin lágrimas: Una guía imprescindible para orientar y alimentar el desarrollo mental de tu hijo. B DE BOOKS.

Vera Celada
Psicóloga en NB Psicología

Desde que las redes sociales llegaron para quedarse, la sociedad ha ido cambiando poco a poco, y con ello nuestra forma de relacionarnos. 
Y con las redes sociales, ha llegado una nueva forma de comunicarnos.
Comunicamos cosas importantes, pero también cosas diarias. Cosas como dónde estamos, a qué restaurante vamos a ir, qué hacemos…Es algo que gusta compartir y que a los otros les gusta ver. 
¿Qué sientes cuando ves que tu amigo se ha ido de viaje a un sitio maravilloso? Creo que es algo entre la alegría y la envidia. Pero a veces, no podemos dejar de sentir cierta frustración: una pequeña parte de nosotros querríamos ser esa persona que vemos en la foto. 
Y en esta época de mostrar, dado que los seres humanos nos comunicamos de muchas maneras, esta es, una forma más de comunicarnos. Me planteo si lo utilizamos para comunicar todo, lo positivo o lo negativo, o si es una manera de filtrar lo positivo: enseñar al mundo las cosas positivas que hacemos, y ver en los demás cosas también positivas. 
¿Es esto real? ¿Acaso a los demás les suceden solo cosas positivas? Sin duda no, pero, inconscientemente creo que algo se queda en nosotros, una pequeña insatisfacción no resuelta por lo que los demás poseen y nosotros no tenemos. Ese viaje que no hemos hecho, ese sitio que no visitamos o esa chaqueta que no tenemos y de repente queremos.  
El ser humano tiende a ser insatisfecho, siempre quiere mejorar y crecer en su vida. Pero, en ocasiones me pregunto, si con el uso que hacemos en las redes sociales conseguimos avanzar, mejorar o crecer. 
Ocurre también que no tendemos a comunicar las cosas negativas por redes sociales. Parece ser que no es algo agradable de compartir ni de recibir. Esta forma de dar nuestra mejor cara puede tener riesgos para nuestra salud emocional, ya que es importante poder decir aquello malo que nos ocurre. 
Por otro lado, hay diferentes estudios que plantean que el uso de redes sociales aumenta los niveles de narcisismo. Subimos una foto, y nos sentimos bien porque vemos como a los demás les gusta lo que hemos subido. Es un refuerzo potente que directamente hace que nos sintamos mejor con nosotros mismos. Y es cierto que esto no es algo en absoluto negativo, sino una forma de mejorar nuestra autoestima. 
El riesgo está, en entrar en ese círculo vicioso que hace que nos sintamos bien cuando subimos una foto y estar más pendientes de esto que de lo que estamos haciendo, algo cada vez más extendido.  Olvidarnos de disfrutar de aquello que estamos haciendo.
Mientras que desde la parte que publica, caemos en riesgo de no valorar las cosas realmente importantes, desde la otra parte, el que observa desde su Smartphone la foto, caemos en quedarnos solo con la parte positiva. “La vida de los demás es maravillosa”, “Mira que feliz está” pueden ser alguno de los pensamientos que tenemos viendo este contenido. 
Los problemas no gustan, lo negativo es incómodo y a veces, no apetece hablar de ello, pero es importante asumir que lo negativo es parte de la vida, así como el sufrimiento propio y ajeno. 
Todos sabemos que los demás tienen problemas, pero si sólo vemos las cosas positivas que les pasan a los demás vamos a estar frustrados, porque vamos a querer llegar a algo que no es real, sino la percepción que nosotros tenemos de aquello que estamos viendo. 
Por esto, es muy importante valorar lo que cada uno tiene, querer crecer y avanzar desde nosotros mismos. Estar en el presente y construir nuestra autoestima y el sentirnos bien con nosotros mismos y saber, que ya sea Instagram, twitter o Facebook, solo estamos viendo una parte de la realidad. 


PAULA LÓPEZ 

Psicóloga sanitaria y docente en NB Psicología

Nos movemos en una sociedad que cada vez acorta más los tiempos entre cambios. Seguro que muchos de vosotros escribíais diarios (de esos de papel y candado). Quizá alguno dejó de hacerlo y se pasó al blog. No descarto que ahora lo tenga un poco abandonado porque subir fotos a redes sociales cubre esa función.

Elegíamos dejar en nuestra privacidad el resultado de la introspección, la reflexión y lo más esencial de nuestra intimidad. Sin embargo, las nuevas formas de relación (virtuales, mediante redes sociales) están modificando este patrón. La intimidad ha dado paso a la extimidad.

El psicoanalista Jacques Lacan habló por primera vez de este término, que actualmente definimos como exponer voluntariamente fuera aquello que está dentro, en la intimidad. 

En el contexto de la terapia psicológica es alarmante ver las consecuencias que esto puede llegar a tener. Pero no es necesario ceñirnos a este contexto. A nadie le resulta ajena la retransmisión online de las vidas de los demás. Compulsivamente se publica todo tipo de contenido y, lejos de asustar esta exposición, lo que realmente asusta es no tener nada que mostrar o seguidores que lo quieran ver. 

¿Por qué? ¿Qué hay detrás de esto?

Ser visto y acumular likes influye en nuestra necesidad de reconocimiento, de aceptación, de vinculación y de afecto, entre otras. Si me siento vacío o vacía en alguna de estas áreas, Internet puede proporcionarme píldoras que lo reparen, y automáticamente. Ver cómo suben los “megustas” aumenta los niveles dopaminérgicos del cerebro, neurotransmisor implicado en la obtención del placer. Esto ayuda a comprender lo adictivo que puede resultar consumir y publicar en redes sociales, así como la dificultad para controlar este comportamiento.

¿Cuál es el precio a pagar? 

Son varias las consecuencias de un uso excesivo e inadecuado de la extimidad en las redes sociales:

Es tal la obsesión, que afecta a nuestra forma de vivir, de ser y de vincularnos a los demás. Y nos consume demasiado tiempo que no podemos dedicar a labores más satisfactorias. 

Nos volcamos tanto en construir una imagen que sea seguida que nos olvidamos de quiénes somos, llegando al punto de no reconocernos. Al sabernos observados alteramos lo que mostramos, olvidándonos de vivir para pensar en la siguiente publicación y si tendrá el resultado esperado. Confundimos seguidores con relaciones reales y pensamos que nuestras interacciones con ellos cubren las necesidades nombradas anteriormente.

Pero no es así ya que la verdadera aceptación y seguridad en nosotros mismos debemos procurárnosla desde el interior. Depender de fuera aumenta nuestra vulnerabilidad e inseguridad, y esto nos pone en riesgo.

¿Qué hacer?

Es necesario ser consciente y reconocer que este patrón nos hace daño, así como querer cambiarlo. Ponernos en manos de especialistas que guíen este proceso de cambio, del afuera al adentro, es una buena decisión, porque puede resultarnos difícil enfrentarnos a la vulnerabilidad. El resultado, eso sí, es muy reconfortante ya que lograremos aceptarnos por quienes somos, conectando con lo que de verdad es importante.

En esta línea, me gustaría hacerte una propuesta para los próximos días, que podrás generalizar más adelante si lo consideras: 

Vive, disfruta, date permiso para ser espontáneo, acepta la imperfección y si quieres compañía, rodéate de tu familia, de tus amigos. Diles cuánto te gustan y agradece los likes reales que te dediquen. Suelta la pantalla y mira más allá, lo que hay detrás de ella y a tu alrededor.

INTIMIDAD-EXTIMIDAD






Ana Moyano

Psicóloga sanitaria y docente en NB Psicología

Manuel y Vicent se conocieron en el instituto. Empezaron siendo amigos y conforme fue avanzando el curso escolar estrecharon su relación y comenzaron a salir juntos. Ellos soñaban con dar la vuelta al mundo, montar en globo y bucear en islas de nombres remotos. Compartían tiempo leyendo, viendo películas y riéndose de sí mismos. Cuando se abrazaban sentían tanto bienestar que se preguntaban si el resto de personas tendría la misma suerte que ellos al encontrarse. Manuel y Vicent se querían y apoyaban, es decir, gozaban de una gran intimidad en su relación de pareja. Fueron a la universidad y allí cada uno comenzó a desarrollarse por vías distinas, Manuel quería viajar lejos y Vicent deseaba adoptar un perro y mudarse a vivir cerca del mar. Finalmente sus caminos se separaron, pensaron que quizá se habían conocido demasiado pronto. 

Carla y Xoel comenzaron su aventura amorosa entre las paredes de la oficina en la que trabajaban. Ella estaba casada pero sentía que su cuerpo no podía controlar la irreflenabale atracción que Xoel le provocaba. Xoel acababa de finalizar una relación de pareja y no quería nada serio. Durante un tiempo se generaron múltiples incendios internos hasta que Xoel cambió de ciudad por trabajo y la relación finalizó. Carla y Xoel gozaban de unas grandes dosis de pasión.

Gabriela y Marta se conocieron en su último año de carrera. Cuando terminaron la universidad recogieron las pocas pertenencias que tenían y se marcharon a trabajar y estudiar idiomas al extranjero. Les gustaba vivir juntas y sus familias se llevaban fenomenal, cuando iban de vacaciones con ellos pasaban las tardes jugando a las cartas y charlando animadamente.Ambas quería tener hijos y todo su entorno las consideraba una pareja muy sólida. Su compromiso siguió aumentando hasta que llegó un punto en el que comenzó a decaer y rompieron. A veces el amor se termina sin razones concretas, simplemente sintieron que “ya no era”.

LOS VÉRTICES DEL AMOR

Tener un hijo, desde el momento del deseo de concebirlo a que el bebé cumple sus primeros años de vida, es un gran paso con implicaciones y efectos a todos los niveles. También desde el ámbito de la psicología. Una buena salud mental de la madre es fundamental para el bienestar del bebé, y el contexto familiar supone también una pata muy importante en todo el proceso. El vínculo que se crea entre un bebé y su madre da lugar a un mundo de emociones que no siempre son fáciles de digerir, controlar y expresar. Para que los psicólogos y profesionales del mundo de la medicina relacionados o interesados en este ámbito conozcan todas las variables psicológicas implicadas en este proceso y se formen para saber cómo intervenir, comunicarse, manejar emociones y/o detectar síntomas, la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA, ofrece el Curso Experto en Psicología Perinatal. La formación, muy práctica, proporciona a los profesionales una base teórica consistente para saber intervenir y apoyar a familias durante el proceso de maternidad, paternidad y a gestionar el apego y vínculo con sus retoños. UDIMA Media conversa con Marta García, directora del curso, sobre la importancia del mismo y todos los elementos que lo componen.

Los niños son el futuro de la sociedad, y lo que vivan y cómo lo vivan desde edades tempranas puede marcar su propio camino. Entender cómo funciona su cabeza es esencial para comprender su comportamiento y orientarles a lo largo de sus decisiones. En este sentido, los psicólogos juegan un papel fundamental. A raíz de la importancia de educar bien a los jóvenes no solo en materias escolares sino también en aspectos psicológicos, estos profesionales precisan de herramientas para saber trabajar con población infantojuvenil. Por ello, la UDIMA ofrece el Curso Experto en Psicoterapia Infantil. Se trata de una formación muy práctica que pretende proporcionar a los psicólogos esos recursos para orientar de forma más eficiente a los pequeños. El curso está diseñado, además, con una metodología que no solo analiza y trata de entender el comportamiento de los niños, sino que también pone el foco en la importancia de las relaciones y vínculos familiares en los jóvenes y los efectos de estas en su salud mental. Para conocer todos los detalles de este curso, UDIMA Media habla con Nerea Bárez, directora del título.


Manuel Valdés Vasallo
Psicólogo Sanitario M-33113
Especialista en Psicoterapia Integradora
Terapeuta familiar e individual

El concepto Mindfullness se ha ganado un merecido puesto en la cultura popular actual. Este término se asocia a la atención plena y a tomar consciencia del momento presente, utilizando la respiración consciente para contrarrestar el ritmo y las inquietudes de la vida cotidiana. Dicho de otro modo, nos viene a decir que paremos un poco y que pisemos firmemente el lugar en el que estamos en este momento para poder ser conscientes y no dejarnos llevar por las corrientes pasadas y futuras de nuestras vidas.

Aportada la teoría, la práctica se nos complica más y se asemeja más a un ideal a alcanzar en los tiempos que corren, teniendo en cuenta los estilos de vida frenéticos que están tan de moda, en los cuales las horas se nos escapan, los días vuelan, los meses galopan y con suerte podemos tomar consciencia del paso del tiempo en los días de nuestro cumpleaños.

Para poder dirigirnos hacia un lugar nuevo es esencial tomar consciencia del lugar de dónde venimos, pues no hay destino sin punto de partida. Si obviamos este importante paso, corremos el riesgo de despistarnos en el camino, de perder la referencia y de frustrarnos por no avanzar como quisiésemos, con el correspondiente machaque posterior por no haber conseguido llegar a nuestro objetivo. El punto de partida, para mucho de nosotros, es el Mindlessness, el estilo de vida en el que tomamos conciencia de lo estrictamente necesario para tener una vida productiva y eficiente, para conseguir nuestros objetivos profesionales y sociales y donde el individuo, sus necesidades, emociones e inquietudes, quedan en un segundo plano arrastrados por un tren de alta velocidad que no para ni espera por nadie.

En este estilo de vida finalizamos nuestro día de la misma manera con la que lo empezamos, con un chorrazo de luz del móvil directo a nuestra córnea. No hay respiro, nos despertamos e inmediatamente estamos estimulados: whatsapps recibidos durante nuestro sueño, notificaciones de nuestras redes que nunca duermen, el tiempo que hará hoy (bastante práctico) y una breve anticipación a lo que será el día. En resumen, llegamos al desayuno bastante activaditos, si es que nos sentamos a desayunar, momento del día reservado para afortunados. Vamos a trabajar y eso hacemos, ejercitamos nuestra preciosa habilidad para atender varios asuntos al mismo tiempo y nos ganamos nuestro pan. Terminamos la jornada y muchos de nosotros seguimos trabajando, ya sea con nuestras familias o con nuestros quehaceres diarios. Incluso si disponemos de tiempo “libre” es probable que lo usemos intentando recordar si una tarea pasada ha quedado bien hecha y el consiguiente juicio de que podríamos haberlo hecho mejor o puede que nos proyectemos al futuro, a mañana, por ejemplo, a esa reunión que tanto nos inquieta. No hay descanso. De manera automática, arrastrados por la fuerza de nuestros hábitos, tendemos a regar y fortalecer las semillas de la prisa, la inquietud y las de no estar en el momento presente.

El primer paso es darnos cuenta de este automatismo que tiene lugar, de este riego automático que rige nuestras vidas, tomando consciencia de cuándo y cómo ocurre para poder pasar a riego manual cuando lo necesitemos. El riego automático no es malo, cumple la función de mantenernos vivos en la abrumadora rutina, nos ayuda a sacar adelante cada día nuestras repetitivas actividades y responsabilidades. El problema viene cuando este automatismo se hace con toda nuestra consciencia y no queda tiempo ni espacio para nosotros mismos, nuestras necesidades y nuestro cuidado.

Es aquí donde hace falta el riego manual. Hace falta que podamos tener la opción de volver al momento presente, tomar las riendas de nuestro tiempo y decidir qué semillas regamos, cuándo y cuánto. Es así como de manera paulatina, ejercitando la paciencia, tomando conciencia de nuestro ritmo y haciéndonos cargo de él, pasamos del Mindlessness al Mindfulness.

La teoría del apego ofrece una explicación lógica y consolidada científicamente sobre las formas en las que el ser humano establece vínculos. Aunque no se desarrolló en un comienzo como una teoría clínica, cada vez son más los profesionales que la incorporan como marco teórico para entender a sus pacientes; y cada vez son más los abordajes terapéuticos que la utilizan como base para desarrollar nuevas herramientas útiles para el trabajo con pacientes. En el campo de la psicoterapia infantil es especialmente útil.

En esta conferencia se expondrán las ideas más importantes de la teoría y su relación con el desarrollo de problemas psicopatológicos en la infancia. Igualmente se hará un recorrido por los tratamientos psicológicos basados en el apego para población infantil.

¡Ya puedes ver la conferencia online!

Psicólogos en Collado Villalba y Moncloa
Psicólogos en Collado Villalba y Moncloa


Alba Villamediana
Psicóloga del Deporte
​Alumna Prácticas MPGS en NB Psicología

“Mens sana in corpore sano” (Mente sana en un cuerpo sano) proviene de un poema escrito entre los siglos I y II d.C. dejando patente, ya desde esa época, la necesidad de un equilibrio entre el bienestar físico y psicológico. 

La práctica de actividad física está cobrando un gran protagonismo en el día a día de las personas del S.XXI y cada vez  le otorgamos más importancia en promoción de la salud física. Pero, ¿y en la salud mental?

En relación a este balance cuerpo-mente, el deporte aporta grandes beneficios, siempre y cuando sea usado de una manera sana y equilibrada. Entre sus contribuciones destaca la ayuda al bienestar de la persona, favoreciendo un mejor  estado de ánimo y autoestima, disminución de la ansiedad, depresión, y un mejor funcionamiento cognitivo.

En jóvenes mejora el rendimiento académico, regulando la actividad cerebral y contribuyendo a una mejor organización y establecimiento de rutina de estudio (teniendo que organizar las horas deportivas con las responsabilidades académicas). Además, en adolescentes, el ejercicio físico genera una mejor imagen corporal propia, aspecto que se relaciona con el aumento de la autoestima.

En adultos, varios estudios han demostrado que la actividad física favorece la creatividad y la eficacia en el trabajo. También se ha demostrado que la actividad física contribuye a la mejora en la memoria ayudando a los procesos de recuperación de información. 

Por último, un mejor estado de forma ayuda a las personas mayores a sentir mayor control sobre sí mismos, sentando así las bases de una gestión emocional más estable y estados de ánimo más positivos. 

Queda patente que el ejercicio físico ayuda tanto a mayores como pequeños, pero su mayor beneficio está en el bienestar psicológico y emocional que éste produce a nivel general. Ponerse retos, esforzarse para superarlos y finalmente conseguirlos, poniendo en marcha recursos para su obtención, contribuye a una mejora de la autoconfianza, sintiéndonos más capaces de superar las adversidades. 

Todos estos beneficios sientan las bases a nivel psicofisiológico, ya que la práctica de ejercicio físico produce un incremento de los niveles de noradrenalina, implicada en la respuesta del organismo al estrés, y de serotonina, relacionada en la mejora de nuestro estado de ánimo y la reducción de la ansiedad.

Finalmente, la práctica de ejercicio físico puede ser una buena oportunidad para conocer y establecer relaciones con otras personas. Tener relaciones sociales puede ayudarnos en momentos de transición o dificultades, sirviéndonos de apoyo social, de distracción de nuestros problemas, de refuerzo, etc.

Dicho todo lo anterior, resulta necesario aclarar que no es el deporte el mero responsable de dichos beneficios y dicho cambio, sino que son las personas las que le ponen las intenciones. Ejercicio regular, sano y de intensidad media tiene los beneficios físicos y psicológicos reseñados. Sin embargo, un ejercicio poco adaptado a cada nivel, con retos poco realistas y una exigencia extrema puede provocar prejuicios físicos, y a nivel psicológico frustración, baja autoestima, niveles elevados de irritabilidad, y por supuesto, poco disfrute.

El ejercicio orientado a la salud tiene el objetivo último de combinar la vida activa con un bienestar psicológico y social que solo se consigue disfrutando de actividades físicas agradables y adaptadas a cada persona.

Eva Muñoz del Mazo

Col. M-27510

Psicóloga Grupo NB Psicología

  • Mi hija adolescente no me habla, es como una desconocida…
  • Eso debe ser duro… ¿Y tú que haces?
  • No le pregunto.

Esta frase es común entre padres y madres desesperados que no saben qué hacer con sus hijos/as adolescentes. En un intento por no agobiar a sus hijos, o por no saber cómo abordarles, terminan por acrecentar el círculo vicioso de la distancia en la relación. Y es que, paradójicamente, a menudo hacemos lo contrario de lo que necesitamos. Otras veces invaden a sus hijos con preguntas, pero no saben cómo hacer para que su hijo/a se abra con confianza, en un diálogo. Otros padres, cuando indagamos en cómo tratan de acercarse a sus hij@s adolescentes, resulta que terminan por convertir la conversación, sin querer, en un juicio, en lugar de empatizar con sus emociones:

“No nos hablas, no sales de tu habitación…  ¡eres un desagradecido!”

Si los padres en esos casos, en lugar de terminar juzgando o dando un sermón, expresaran sinceramente (y sin dobles mensajes) que les gustaría saber más de cómo están sus hijos, es más probable que haya un acercamiento. Es comprensible la rabia, incomprensión y desesperación de los padres, pero al volcarla sobre su hijo/a pierden la oportunidad de acercarse a ellos/as, que es lo que realmente buscan. Por otro lado, el/la adolescente también es presa de una montaña rusa emocional a menudo, y también pueden acabar incrementando el nivel de conflicto con malas formas, gestos de indiferencia, o insultos, por lo que el bucle está servido. Al final no importa quién empieza el bucle, sino que se pare. 

La crianza de un adolescente no es fácil: por un lado, ya no son niños/as, y por otro, aunque tienen una madurez creciente a todos los niveles, no son adultos plenamente desarrollados. Además, su cerebro y sexualidad en desarrollo sufre explosiones hormonales que hacen que vivan intensamente las emociones y el mundo social. Tienen la sensación de que los problemas y sus emociones en ese momento no fueran a acabar nunca. Esto contribuye enormemente a cambios de humor y expresiones emocionales que pueden parecer “exageradas” a ojos de los adultos que les cuesta empatizar con el mundo interno del adolescente.

En la etapa de la adolescencia es vital que los adultos favorezcan la autonomía, la exploración, la socialización, es decir: soltar un poco las riendas. El y la adolescente necesita explorar el mundo, explorarse a sí mismo/a, aprender de sus propios errores.  Pero al mismo tiempo, necesitan límites que les enseñen hasta dónde, hasta cuándo, que les den estructura, porque la estructura también da seguridad y es una forma de educar con amor. Estos límites no implican un autoritarismo adulto falto de afecto, sino que pueden ser ejercidos con firmeza y autoridad, pero a la vez con empatía y afecto.

Los adolescentes, por tanto, siguen necesitando atención, empatía y protección (ojo, no sobreprotección) adaptadas a su madurez.  Necesitan de adultos que estén ahí, pero con dosis adecuadas de autonomía y límites. Ahora bien, cuando la balanza entre afectividad y límites está polarizada hacia uno de los extremos, estaremos pasando por alto una parte importante de su educación. Si sólo protegemos, damos consejos y empatizamos, pero nunca ponemos unos límites firmes o favorecemos su autonomía, estaremos sobreprotegiendo, impidiendo que ganen seguridad en sí mismos y que construyan una sana autoestima. Si, por el contrario, sólo nos centramos en lo que hay que hacer, (por ejemplo, a través de los estudios, las tareas domésticas, cómo han de hacerse las cosas) sin favorecer momentos de escucha empática de lo que les pasa por dentro, o respetando su propia forma de hacer las cosas, no estaremos atendiendo a la persona sintiente (y en el caso de los adolescentes, recordemos, su emocionalidad está a flor de piel). Estaremos perdiendo la conexión emocional que tanto necesitan. Este equilibrio no es fácil, pero es necesario. Y no será igual cuando tengan 13 años que cuando tengan 17. Pero seguirán siendo necesarias ambas partes adaptadas a su nivel de madurez.

Cuando se hace muy costoso establecer esa conexión y ese balance, puede ser que la relación esté dañada. Esto puede deberse a factores como un estilo educativo que recibieron los padres y que no les está funcionando con sus hijos, una  relación dañada desde la infancia pero que se manifiesta con más virulencia cuando el menor llega a la adolescencia, o por problemas en la familia o en la vida del adolescente que le hacen más vulnerable o más evitativo, o una amalgama de varios factores.  En estos casos, la terapia familiar resulta de vital importancia para ayudar a identificar patrones de comunicación dañinos o disfuncionales que dañan cada vez más la relación, así como emociones que se están expresando indebidamente o que se están suprimiendo, etc. La adolescencia, al fin y al cabo, es un período duro para toda la familia y que necesita ser comprendido y atendido, viendo a cada miembro de la familia con sus propias dificultades.

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